A las siete, en Cristina

02/05/14 +Jerez Juan Ignacio López

Se le puede llamar añoranza, nostalgia o, sencillamente, un arrebato de recuerdos. A menudo me vienen a la mente aquellos días de mi adolescencia, cuando todo era más fácil que en el presente. Tras mi paso por los Marianistas, y estudiando en los Salesianos, solía quedar con mis antiguos compañeros de El Pilar. La hora de regreso a casa no superaba las diez y media de la noche, y los recursos económicos se limitaban a la asignación que mis padres me entregaban cada sábado. El recordado billete celeste con la cara de Jacinto Verdaguer, de 500 pesetas, o 100 duros, lo que a día de hoy equivale a unos tres euros, bastaba para tratar de abastecer la salida del sábado y el domingo. Con suerte, lo estirabas hasta el sábado siguiente.

Era otra época y Jerez era distinto. La avenida Álvaro Domecq disponía de varias medianas mínimamente ajardinadas, en las que crecían geranios y hasta claveles. El acerado predominante en el casco urbano era el clásico de cuadraditos grises.

Las bodegas convivían con el resto de las construcciones por numerosos puntos de la ciudad, regalando un exquisito perfume a vino por muchas de sus calles. Caminar hacia el Mamelón por la calle Santo Domingo, circular por Matadero o Medina (sólo por poner algunos ejemplos) suponía ‘respirar’ solera.

El punto de encuentro, por excelencia, de mi pandilla era la Alameda de Cristina. En concreto, en la que denominábamos ‘barra de los tontos’ (parte de esa baranda de forja aún sobrevive, entre la puerta lateral de la Iglesia y Convento de Santo Domingo y el kiosco de prensa). En torno a las siete de la tarde se producía una concentración de jóvenes que, en el mejor de los casos, aparecían conduciendo un Vespino, una Derbi Variant, Puch X30, un ‘mosquito’ (Mobylette) o una ‘cangurito’.

Desde nuestro punto de encuentro marchábamos hacia los lugares de moda, frecuentados por la juventud, o al menos, con quienes yo me reunía. Salve, La Pandilla, Mediterráneo o El Guitarrón se encontraban a apenas tres minutos de nuestra base de operaciones. Para variar la ruta, en ocasiones optábamos por dirigirnos a Los Perros (en calle Porvenir) o bajar a San Mateo, a Los Ponys o a El Lagar. Más tarde se pusieron de moda otros emplazamientos del extrarradio como San Joaquín. Los sufridos vecinos de esta urbanización de la zona norte de Jerez soportaron el ‘mogollón’ de jóvenes que acudíamos a los bares y pubs que allí se encontraban, consumiendo, entre otras bebidas el ‘submarino’ (un vaso ancho de cerveza, en el que se introducía un chato que se rellenaba de ginebra). Según la medida, el colocón subía escalas: el Notable, el Sobresaliente y, el más grande, la Matrícula de Honor.

Justo en el centro de la pequeña galería comercial de San Joaquín inauguraron una nueva discoteca, Kharma, regentada por Chema, el propietario de la tienda de discos homónima de la calle Honda.

Pero la agenda de ocio y rutas de los jóvenes de aquellos días no se ceñía a locales de unas u otras características.  Colegios e institutos ya organizaban fiestas para recaudar dinero de cara al viaje de fin de curso. Eran las casetas de feria, las fijas, instaladas en el Parque González Hontoria, las que daban cabida a estos eventos. Las de Domecq, Rumasa, Bobadilla y Club Nazaret acogían estos ‘saraos’, amenizados musicalmente por los pinchadiscos de Laser Sonic o Sonido Kharma.

Desgraciadamente los metepatas han existido toda la vida. Y eran éstos individuos y sus correspondientes séquitos quienes se dedicaban a reventar dichas concentraciones. Al grito de “¡bulla, bulla!” los más prudentes hacíamos ‘mutis por el foro’ y nos largábamos del incipiente campo de batalla. Como lugar alternativo marchábamos, bien ‘a patita’ o en moto, hacia un lugar más tranquilo, donde no hubiera rastro de gentuza. A la mente me viene un bar en el Polígono San Benito, justo frente a la puerta de la, por entonces, recién estrenada Facultad de Derecho: Paco´s. Posiblemente fue, junto a El Rincón (donde trabajaba Carmelo, en San Joaquín) o El Coto del Marqués (en la Avenida de la Soleá) uno de los primeros locales de moda dedicados fundamentalmente a la comida rápida, antes de la proliferación de los burguers.

Aquellos primeros años ochenta eran así de tiernos. Algunos viernes, mi amigo José Manuel me invitaba a su casa después de clase. El plan consistía en merendar viendo ‘Con Ocho Basta’, para luego encerrarnos en su habitación y escuchar nuestros discos favoritos en el flamante Pioneer que custodiaba junto a una exquisita colección musical. Nos gustaban Santana, Pink Floyd, Supertramp, King Crimson, Jethro Tull y, por supuesto, The Beatles. El espectro se ampliaba con producto nacional de la talla de Imán, Triana, Medina Azahara, Miguel Ríos, Barón Rojo o La Mandrágora. Lo que considerábamos horteradas (que las había, y ‘a manojitos’) quedaban descartadas.

Han pasado los años y nuestras vidas se han ido curtiendo y enriqueciendo con experiencias, buenas y no tan agradables. Pero, cada vez que paso, bien caminando o en coche, por la esquina de Santo Domingo, no puedo evitar que un halo de buenos recuerdos se apodere durante unos segundos de mi mente, y rememore aquellos días en los que los jóvenes de la transición queríamos cambiar el mundo. No sé si lo conseguimos. Tal vez. O tal vez el mundo nos cambió a nosotros. Pero añoro esas llamadas de teléfono el sábado hacia las seis de la tarde, después de ‘Aplauso’. No existía Whatsapp, ni móviles ni nada parecido, ni falta que hacía. Sólo el teléfono y sin marcar el prefijo: “Quillo ¿habéis quedao? Ah, vale… A las siete en Cristina”.

Dedicado a mis amigos de la adolescencia, y muy especialmente a José Vicente, José Manuel, Juan Pedro, Gabriel, Javier, José María, Jesús, Julio, Pablo, Eugenio o José Luis.

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