Abrazos

02/05/14 +Jerez Juan Manuel Sainz Peña

Se había adelantado a la hora de la cita. Los amores nacientes tienen eso: los relojes estancan sus manillas, enredadas en la pasión y los primeros besos; en los sueños de las palabras que son embelecos y arrumacos. En lo que puede ser; en lo que se sueña, en lo que desea. El tiempo, cuando se ama, a veces incluso se detiene.

Sergio llegó con una flor roja entre las manos. Crujía el celofán que envolvía la flor lo mismo que acaso crujió su corazón al ver al Sandra, aquel amor que encontró en las horas tardías del bar de copas de moda, cuando la noche deja en el aire olor a alcohol y el día se enciende con rayos novicios de un sol que se despereza.

Abrazado la vio, a aquel muchacho moreno, de buen porte, riendo y bromeando.

Se sintió estúpido. Miró la flor y notó las mejillas encenderse de celos y rubor. Creyó estar desnudo allí, en aquella calle sombreada y llena de gente.

Iba a darse la vuelta, a correr, a maldecir, pero en ese momento Sandra lo vio y apartó al joven que estaba con ella.

Aún se sintió más estúpido, pero la muchacha se acercó a él, la sonrisa blanca de nieve, los ojos verdes y el cabello rojo, cien mil fuegos templándole las sienes.

-Sergio… ¿Es para mí?

Sergio balbució un lacónico “sí”, mientras el otro joven, con las manos en los bolsillos observaba la escena con una sonrisa bobalicona.

-Ven, no te quedes ahí como un tonto, que os voy a presentar.

Sergio volvió a dudar si quedarse o tirar la rosa al suelo. ¿Cómo podía estar abrazado a otro y hacer como si no pasara nada?

-Sergio -dijo Sandra probando a sonreír- este Víctor, mi hermano.

Advertisement