Fue el parto de Agapito Cimpollos del Cogollo (más bien el parto de su madre), un trance largo y doloroso, por cesárea, porque el niño venía con tres vueltas de cordón umbilical alrededor del cuello, atravesado y de culo. O sea, que el crío ya daba por el ídem antes de que naciera.
Pero nació el chiquillo, aunque fuera con más problemas que el endocrino de Peter Pan. Pero hete aquí que después de venir al mundo y ponérselo a la madre para que viera a la criatura (ya hubiese querido el padre coger al niño, pero potaba en ese momento que era un gusto tras ver salir a la criatura ensangrentada y sucia), la matrona se lo llevó para que el médico le echara un vistazo.
Se inquietó la madre un poco (el padre seguía a lo suyo, blanco como una choco). Al poco de que el médico lo viera, otros facultativos y personal sanitario acudieron al nido como políticos a una comisión. Un escándalo. Frases de asombro. Negativas con la cabeza, suspiros y perplejidad. Uno tras otros salía de allí alucinando y como un banco, sin dar crédito.
La madre ya no podía con tanto trajín y angustiada se incorporó en la camilla y dijo:
-Por favor, ¿qué le pasa al niño? ¿Es grave?
-No, no señora. No se preocupe. Y no se mueva, mujer, que le acabamos de coser.
Pero ya se sabe, si alguien dice no se preocupe hay que hacer justo lo contrario.
Y como una madre es una madre, le dijo al marido que dejara de hacer el tonto y que fuera a ver qué pasaba para que medio hospital estuviera allí.
Vaya, vaya, escuchó decir. No es posible, dijo otro.
Al fin, el padre llegó donde estaba su hijo y lo contempló, tan desvalido, llorando y desnudo.
Cuando lo vio, abrió la boca y se dio la vuelta en dirección a la cama de la madre.
-¿Qué pasa, Benito?
-No veas, Encarnita -dijo el otro- ¡¡Vaya par de huevos que tiene el niño!!