La revolución que ha supuesto Internet desde su introducción social a finales de la década de los 90 ha relegado a un plano secundario las postales de felicitación navideña.
Escritas a mano con palabras comunes en estas fechas pero salidas del corazón en ese momento, las postales navideñas iban de un punto a otro de España como nexo de unión en el deseo de la manida frase Feliz Navidad y Próspero Año Nuevo.
Familiares y amistades intercambiaban deseos -y aún lo hacen los más mayores que no se atreven con la red de redes- por medio de estas postales, desconocidas para las nuevas generaciones. Correos incrementaba su trabajo en estas fechas previas a Navidad.
Poco a poco se fueron imponiendo otro tipo de conductos para la felicitación: correo electrónico, SMS -antes- y wasap -ahora-. Incluso, estas mismas postales se han actualizado para trasladarse a la pantalla.
Para la mayoría, son sistemas rápidos, instantáneos y menos laboriosos (comprar la postal, escribirla, ponerle un sello, echarla al buzón…). Pero, para otros, las de ahora son felicitaciones basadas en una especie de automatismo insensible. Menos humanas.