Hoy os he encontrado, princesas en vuestro descanso; benditas cabezas apoyadas sobre la almohada de vuestros sueños. Luego, como las alas de una mariposa se han abierto vuestros ojos y al sonreír ha salido el sol dos veces.
Habéis dejado que os coja, que os abrace y os bese. Y se han colmado mis labios de la tersura de vuestra piel, de la inocencia que liberáis al mirar, al esbozar con una pequeña mueca, los paisajes más hermosos.
Hoy os he puesto esa canción que os gusta tanto, y he apretado vuestro pecho pequeño contra el mío. Os habéis quejado quedamente. Acaso os pincha mi barba, ¿verdad? Luego me habéis mirado y habéis pegado vuestra cara a mi pecho con un murmullo de agua fresca.
Hemos bailado esa canción y os he susurrado al oído cosas que ahora no entendéis, pero con la esperanza de que, cuando yo ya no esté, acaso la recordéis. Sepáis cuánto os amé, lo que temí que vuestras heridas -que ahora son apenas unas rodillas magulladas-, se conviertan en jirones del alma cuando la vida, cruda, llame a vuestra puerta.
Dejadme que os diga esto mientras bailamos. Porque creceréis y ya no seréis las niñas que ahora me miran y se embelesan. Ya no seré infalible. Ya no os pareceré un héroe. Dejadme entonces bailar con vosotras ahora, princesas. Ahora que sois niñas y vivís encerradas en la inocencia hasta que los años os liberen. Bailad conmigo y no olvidéis el calor que siempre, hijas, vuestro padre trató de daros.