Hacía ya tiempo que los novios se habían descalzado, como muchos de los invitados, de modo que los taconazos y los otros zapatos de ceremonia se amontonaban en un rincón, porque los pies, tras tantas horas, habían dicho basta.
El chaval que animaba el cotarro seguí a lo suyo, pinchando música tecno, house y combinándola luego con Paquito el chocolatero, lo cual era realmente duro para los jóvenes y balsámico para aquellos que ya peinaban canas o no tenían pelos que peinar.
La madre del novio miraba hacia la pista de baile desde su silla de ruedas, iracunda, porque su otro hijo, Alfredo, bailaba sin parar, sudando a chorros, sin importarle que sonara Manolo Escobar, que en gloria esté, o Eminem cantando en inglés que vivan los porros.
Se rozaba el tal Alfredo como una dinamo, como la lija de un chapista, con las mujeres de bandera, achispadas por el vino y… ¡qué digo, achispadas! Borrachas como cubas, escote va y escote viene, que tenían al personal con los ojos como una breca.
En tanto, doña Virtudes, sentía el pecho estallar, la garganta arder, mientras no había invitado que no riera ante el derroche bailongo y vacilón de Alfredo.
Poco caso hacía a las llamadas de su madre, porque el hombre lo pasaba mejor que Rambo en una subasta de ametralladoras.
Al fin, cuando cesó la música, tuvo el bailarín a bien sentarse, jadeante y sin fuelle, junto a su madre, quien con voz inquisidora le llamó Alfredito, a pesar de haber cumplido ya los 54.
-¡Eres la vergüenza de la familia! ¡Qué contorsiones, qué lascivia! Me parece bien que te diviertas en la boda de tu hermano, pero al menos podías haberte quitado la sotana, hijo mío. ¡Qué bochorno, ay, virgencita del Carmen, qué bochorno!
Autor: Juan Manuel Sainz Peña (escritor)