Los fogones están de moda. Y como toda moda, corre el peligro inherente de esfumarse tan rápido como surge. Pero la cocina ahora vive un momento dulce, top. Cuanto más cocinado esté todo mejor. Ya sea para manipular el barómetro del CIS y hacer que sus prospecciones electorales alimenten al partido del gobierno de turno; o para, en un ámbito mucho más casero, sorprender a tus invitados con un suculento lomo de ciervo con nabo y trufa gratén sobre puré de batatas asadas (sic) que luego acaba colgado en las redes sociales en forma de foto de Instagram. A fuego lento, nos meten una ración de vaselina a diario que jamás está bien cocinada. En ebullición por las malditas paradojas de la crisis, las tiendas gourmets y delicatessen brotan como setas en prácticamente cada esquina para vender productos exóticos y para sibaritas de andar por casa. Como en muchas otras esquinas se estiran como chicle las colas en los comedores sociales y en los almacenes de alimentos de la beneficencia. Producimos y tiramos a la basura más comida que nunca en la historia de la humanidad pero hay quien no tiene pieza que llevarse a la boca.
Te tienes que tragar a regañadientes las mariscadas de los mangantes que dejan vendidos a quienes luchan todos los días y están en las antípodas de lo que esos representan, te comes con papas el negro chapapote de las sentencias de una Justicia claramente injusta, aborreces las bacaladas de quienes no se cansan de pedir bajadas de salarios mientras crecen exponencialmente los suyos, y sabe a comida basura, por ejemplo, las ocurrencias de ese ministro descalificado ya hasta por la Unión Europea y cuya calificación no puede ser otra que la de muy deficiente.
Franco murió hace 38 años pero Franco ha vuelto. Como cuando en las películas de terror el sangriento asesino siempre tiene un hueco antes de los créditos para darte ese previsible (pero igualmente desagradable) susto final. Ahí está el tartazo en la boca del que proteste o jalee a los protestantes que significará, de culminarse, el proyecto de ley de seguridad ciudadana. ¿Por qué la llaman de seguridad cuando quieren decir de represión y mordaza? Eufemismos de la alta cocina política que en este potaje ideológico ya pasa olímpicamente de dar sopa boba y pretende que en el futuro cercano nos alimentemos de imaginarios brotes verdes. Ni las vacas. El plato precocinado de la eficacia privatizadora no se lo traga ya ni el más hambriento. Si pudieran, como afirmaba ayer David Trueba en su columna de El País, en esta época de bajonazo en el termómetro hasta externalizaríamos la gripe para que nos la gestionara otro. Por ahora, en este indigesto y copioso bufé libre, en mi hambre sigo mandando yo.
@pacomugica