Llegó a la calle, a la hora convenida, poco antes de que dieran las doce. Había punteado el cielo con estrellas, pero las nubes se habían arremolinado después, en lo alto, como un rebaño de ovejas.
Vio llegar al joven a buen paso, las zancadas largas, la cabeza erguida. Vestía un traje gris y un sombrero. El anciano una camisa desvaída, un pantalón claro y su bastón. Cuando llegaron a encontrarse ninguno de los dos dijo nada. Solo el viejo, pasado un rato, miró al cielo y dijo:
-He visto que llegas con fuerza.
El otro se encogió de hombros y replicó:
-Tenga usted buen viaje y vuelva como siempre, joven y feliz.
El anciano se despidió con un leve ademán de cabeza. Estaba cansado. El otro, en tanto, vio las hojas caer al suelo, alfombrándolo todo.
-Sé benévolo, hijo. Y guarda vientos y tormentas para cuando le des el relevo al invierno -musitó el verano, ya al borde de la desaparición.
-Se hará lo que se pueda -dijo el otoño. Luego agitó un poco sus manos para despedirse en la distancia. Cayeron más hojas vistiendo el paisaje de árboles desnudos. Luego, a lo lejos, culebreó un rayo encendiéndolo todo con su luz azul y formidable.