Mamá felicidades, hoy es tu cumpleaños.
Te escribo esta carta cuando acabo de dejar la ciudad junto a la frontera de la República Checa y Bratislava.
Mientras atravesamos Austria en tren hacia Viena, con un cielo plomizo de niebla, me acuerdo de ti, madre.
Una señora elegante me sonríe con unos bellos ojos azules detrás sus lentes doradas. Viene de Salzburgo y va a Viena le entiendo, no sin cierta dificultad, que va a casa de una amiga. Mira su reloj de oro y aprovecho para volver a mis notas y mirar tras los cristales del vagón.
Una voz habla en alemán por el micrófono anunciando la próxima parada; Wien Meidling. Nosotros vamos a Flughafen Wien.
Veo los caminos y verdes campos. Montañas azules con castillos misteriosos semi escondidos entre nubes bajas. Y me viene tu sonrisa. ¿Sabes?, cuando niña siempre creí que sí tú estabas todo iría bien. Que nada malo debía pasar porque si estaba mi madre ella lo solucionaría. Y de mayor sentía que aquello, de alguna manera, se repetía cuando estaba contigo. Volvía a sentirme niña, era Beli. Vivía fuera, volvía a casa y me llevabas el café a la cama con el "cuero" de las migas riquísimas hechas por papá. O el caldo a la cama cuando me dolía la garganta. Ahora mis hijos me ven, por su suerte, como yo te veía a ti.
Lejos o cerca de casa siempre te llevo conmigo.
Todos. Te llevamos todos.
No me hago la excepción.
Cómo no quererte, echarte en falta si tu presencia llenaba los espacios de la forma más natural y adecuada.
Eras correcta y discreta. Amorosa y te fuiste.
Un día entraste en una habitación blanca. ¿Recuerdas? llegaron flores por tu cumpleaños. Mi hija te las envió de Madrid, mi hermana las puso en agua y las colocó delante de la cama en un jarrón. Luego te leí la nota que acompañaba a las rosas, sonreías con cariño pero también con tristeza.
Era tu cumpleaños y estabas en la cama de una clínica. Cómo no tener sentimientos cruzados, sentirse débil y confusa. Cuántos errores hasta llegar ahí. El destino.
El cirujano nos lo dijo en la comodidad de su consulta, detrás de su mesa enfundado en su impoluta bata blanca.
Su madre tenía la hora.
¿La hora cogida para irse? . No, no lo creo. Pero así fue hace ahora dos años.
A partir de ese momento vino el desorden. La confusión. La desolación. La soledad interior de cada uno. De cada cual con sus imágenes de lo vivido y compartido con la esposa, la madre, la abuela... ¡tantas mujeres importantes en una sola!
Ahora, nos queda construir a partir de ti la alegría de haber tenido a la mejor, de haberte disfrutado y reído. Abrazado y besado. Paseado, cocinado y cosido. Bailado y leído. Siempre estamos en algún sitio y en ese lugar estás tú.
Ay, qué de recuerdos pintados de colores en las exposiciones, de la vida sencilla y cálida, que nos regalaste.
Felicidades donde estés amada mía.
Hoy, manos queridas, te dejarán flores en la lápida fría. Por aquí te pondremos una rosa fresca junto a la foto donde ríes. Y reías feliz. Porque tú pintabas la vida de colores.
Hoy hace dos años, pero es tu cumpleaños y quiero acabar esta carta con la felicitación alegre de Papá, Mariola, Tania, Beli, Concha, María, Juanki, Miguelo. Tus nietas, nietos, los yernos, las nueras... En fin ya sabes, todos los que te seguimos queriendo tantísimo.
Mamita, dime, te quiero.
Te queremos, ya lo sé.
Isabel Flores Romero.
Jerez 13 de diciembre de 2019.