Aún no tenía deshecha la maleta y ahora se veía en el jardín, tirando las cenizas de Pablo, con un nudo en la garganta, los ojos acristalados por unas lágrimas que no terminaban de rebosar en sus ojos, y la sensación del desconcierto y la rabia más feroz.
Recordaba el despegar del avión, las nubes acariciando la panza del aparato, la musiquilla luchando por hacerse un hueco entre un pasaje charlatán.
Después el regreso a casa un día antes, anticipado por la cancelación de dos de las tres reuniones previstas.
Allí encontró a Pablo. Estaba tumbado en el césped, con Ana, su antigua novia; retozando como dos estudiantes, como dos animales en celo.
En ello pensaba mientras retiraba con asco un vaso de tubo con el filo manchado de carmín. Lo miró con desdén. Se acordó de la expresión de sorpresa en los ojos de marido, desnudo y ridículo. Entonces cogió el cenicero que acababa de vaciar con las colillas y las cenizas y lo estampó contra el suelo. Maldito bastardo, masculló. Y luego, viendo que iba a llover, entró en la casa vacía.