Danilo y las heridas del alma

20/06/13 +Jerez Juan Manuel Sainz Peña

Sigue sus pasos indecisos, como si en lugar de caminar calle arriba anduviera por un cable suspendido en el aire. Sabe el lugar exacto al que se dirigen. Danilo podría adelantarse, oliscar en los árboles y las farolas, pero prefiere ser su sombra. De tanto en tanto alza la cabeza, la mira con sus ojos de azabache y Eva le acaricia. Entonces mueve el rabito y se pega a ella.

Al llegar, la mujer se sienta en el suelo y saca el cartel: un resumen atroz de su vida en un cartón sin faltas de ortografía. Un párrafo punzante como un estilete en el que desnuda la realidad de su existencia: “Me llamo Eva y soy bosnia…”. Sigue la historia en aquel cartón. Vive en España, lejos de su tierra; vive lejos de los suyos; de los que no murieron tras la pisada feroz de la guerra. Y llora a veces. Entonces Danilo, el dálmata, le lame las manos. Quizá nadie mejor que él entienda su tristeza. Mejor así, porque el viejo dálmata, aquel que encontró junto a su amo muerto en una cuneta cerca de Mostar, cura entre lametones y arrumacos las heridas de Eva, las que lleva en el alma y jamás cicatrizan.

Advertisement