Ni Faustina ni la hija de ésta, que eran clavadas en estupidez y cursilería redomada, aguantaban a Octavio, de modo cuando llegaron tarde a la cena de Nochebuena y tuvieron que sentarse junto al anciano, refunfuñaron y trataron de ocupar otro sitio de la mesa, pero no tuvieron éxito.
-¿Le has dado un beso al abuelo al llegar? -preguntó su tío Antonio.
La joven de 17 años dijo que sí, mintiendo, mientras Faustina hizo un mohín a su cuñado, malhumorada por haberse tenido que sentar junto a su suegro.
-¿Y mi hermano, Faustina? Aparcando, imagino. Se está poniendo mal el barrio para todo.
Tintineaban la cubertería y los platos. Charlaba aquella familia, numerosa y bullanguera, entre copas de vino. Faustina apenas sonreía, más pendiente del chasqueo de Octavio y del sorber del abuelo al tomarse el caldo, medio adormilado ya.
-Qué asco -murmuraba una y otra vez-. Qué asco de hombre. -Y estiraba aún más la cara enfoscada de maquillaje.
Octavio, sordo cuando quería, miraba de vez en cuando a su nuera y sonreía inocentemente, después pellizcaba un poco de pan y se lo echaba a la boca para desmenuzarlo con lentitud.
Seguía la fiesta.
-Deberíamos haber salido antes, nos hubiéramos podido sentar al otro lado de la mesa, y no aquí, que con lo que me gustan los mejillones hasta se me ha quitado el hambre.
Miriam asentía, pero dejó de estar pendiente de la madre y se centró en la manduca.
-¡Ay, qué hombre este, cómo chasquea! -musitó de nuevo, aunque Octavio, en realidad, hacía mucho menos ruido al masticar que la mayoría de los que estaban allí.
Entonces ocurrió.
El abuelo empezó a toser. Primero disimuladamente, pero enseguida el ataque de tos centró la atención de toda la mesa.
-Papá…
Octavio señaló el platillo con las aceitunas en tanto la tos lo ahogaba. Todos los comensales se preocuparon e intentaron asistirlo. La tos le impedía respirar.
-¡Ay, Octavio, Octavio! ¡Por Dios! -soltó Faustina poniéndose la mano en la frente.
-¡Un hueso, ha sido un hueso de la aceituna! -dijo Miram. -El abuelo asintió y todos se temieron que la cena de Nochebuena acabara en tragedia.
-Llamad a una ambulancia -dijo alterado su hijo Antonio.
-Bueno, me voy a la cama -soltó Octavio, de repente, levantándose tan tranquilo.
-¡Papá!
-¡Abuelo!
-¡Octavio!
El anciano miró a su nuera y a su nieta y dijo:
-Las aceitunas son sin hueso, pero el sustillo ha estado bien, ¿eh? -habló antes de abandonar el salón.
Nadie supo qué decir, hasta que Faustina, indignada se enfadó:
-Es usted incorregible, Octavio.
Pero Octavio no habló hasta que no llegó a la puerta. Allí miró a todos los comensales y pidió disculpas. Luego señaló a su nuera, alzó un poco la pierna y dejó escapar un soberano cuesco, largo y sonoro.
-Para ti, Faustinita, hija. ¡Y Feliz Navidad! -Luego el abuelo, canturreando un villancico, se fue a dormir.
Autor: Juan Manuel Sainz Peña (escritor)
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