El abuelo y el hueso de aceituna

26/12/13 +Jerez Juan Manuel Sainz Peña

Ni Faustina ni la hija de ésta, que eran clavadas en estupidez y cursilería redomada, aguantaban a Octavio, de modo cuando llegaron tarde a la cena de Nochebuena y tuvieron que sentarse junto al anciano, refunfuñaron y trataron de ocupar otro sitio de la mesa, pero no tuvieron éxito.

-¿Le has dado un beso al abuelo al llegar? -preguntó su tío Antonio.

La joven de 17 años dijo que sí, mintiendo, mientras Faustina hizo un mohín a su cuñado, malhumorada por haberse tenido que sentar junto a su suegro.

-¿Y mi hermano, Faustina? Aparcando, imagino. Se está poniendo mal el barrio para todo.

Tintineaban la cubertería y los platos. Charlaba aquella familia, numerosa y bullanguera, entre copas de vino. Faustina apenas sonreía, más pendiente del chasqueo de Octavio y del sorber del abuelo al tomarse el caldo, medio adormilado ya.

-Qué asco -murmuraba una y otra vez-. Qué asco de hombre. -Y estiraba aún más la cara enfoscada de maquillaje.

Octavio, sordo cuando quería, miraba de vez en cuando a su nuera y sonreía inocentemente, después pellizcaba un poco de pan y se lo echaba a la boca para desmenuzarlo con lentitud.

Seguía la fiesta.

-Deberíamos haber salido antes, nos hubiéramos podido sentar al otro lado de la mesa, y no aquí, que con lo que me gustan los mejillones hasta se me ha quitado el hambre.

Miriam asentía, pero dejó de estar pendiente de la madre y se centró en la manduca.

-¡Ay, qué hombre este, cómo chasquea! -musitó de nuevo, aunque Octavio, en realidad, hacía mucho menos ruido al masticar que la mayoría de los que estaban allí.

Entonces ocurrió.

El abuelo empezó a toser. Primero disimuladamente, pero enseguida el ataque de tos centró la atención de toda la mesa.

-Papá…

Octavio señaló el platillo con las aceitunas en tanto la tos lo ahogaba. Todos los comensales se preocuparon e intentaron asistirlo. La tos le impedía respirar.

-¡Ay, Octavio, Octavio! ¡Por Dios! -soltó Faustina poniéndose la mano en la frente.

-¡Un hueso, ha sido un hueso de la aceituna! -dijo Miram. -El abuelo asintió y todos se temieron que la cena de Nochebuena acabara en tragedia.

-Llamad a una ambulancia -dijo alterado su hijo Antonio.

-Bueno, me voy a la cama -soltó Octavio, de repente, levantándose tan tranquilo.

-¡Papá!

-¡Abuelo!

-¡Octavio!

El anciano miró a su nuera y a su nieta y dijo:

-Las aceitunas son sin hueso, pero el sustillo ha estado bien, ¿eh? -habló antes de abandonar el salón.

Nadie supo qué decir, hasta que Faustina, indignada se enfadó:

-Es usted incorregible, Octavio.

Pero Octavio no habló hasta que no llegó a la puerta. Allí miró a todos los comensales y pidió disculpas. Luego señaló a su nuera, alzó un poco la pierna y dejó escapar un soberano cuesco, largo y sonoro.

-Para ti, Faustinita, hija. ¡Y Feliz Navidad! -Luego el abuelo, canturreando un villancico, se fue a dormir.

Autor: Juan Manuel Sainz Peña (escritor)

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