Era una vieja avara, de pocos amigos, por no decir ninguno. Sin embargo, la Navidad le abría el corazón. Otra cosa era el bolsillo, pues no era doña Ana amiga de soltar el puño ni para dar la mano.
Sentada frente a la chimenea, recordaba otras navidades en compañía del tonto de su difunto esposo, Mariano, que murió de una indigestión de Alfajores de Medina dos días antes de Nochebuena. Para eso, para fastidiar fiestas, pensaba cada año doña Ana, Mariano era único.
Llamaron al timbre. Un señor con un chaleco fosforito apareció al otro lado de la puerta. Le extendió una mano con una tarjeta: El sereno les desea Felices Fiestas. 5 euritos de aguinaldo.
-¿Qué es esto, oiga? ?Hace mil años que el sereno no existe.
-Ya, señora, pero qué quiere que le diga, no tengo trabajo, y como no me gusta engañar a nadie, pues eso: el sereno.
La anciana miró al hombre y le dijo:
-¿Y sabe usted hacer algo más, además de pedir por todo el morro?
-Pues soy solador.
-¿Solador? Pues anda, pase, que tengo un par de losas sueltas en el baño y me vendrá bien que me lo arregle, y con eso se gana el dinerillo.
-Pero señora…
-Nada, nada. Y de paso, que seguro que se da usted trazas para todo, me arregla una lamparita que tengo averiada, me mira la nevera que no enfría, le echa un vistacito al termo y me ajusta un par de grifos que gotean, y ya puestos, me riega las macetas, que estoy con la artrosis y no me puedo mover.
-Oiga, señora, ¿no pensará usted que voy a hacer todo eso por 5 euros?
-Anda, no diga disparates. ¡Claro que no!
Allá fue el buen hombre para ponerse manos a la obra.
Siete horas estuvo, entre unas cosas y otras, pero deseando acabar para recibir el pago por los servicios.
-Bueno, esto está.
La anciana, satisfecha, miró el trabajo y sacó la billetera.
-Tenga usted. Siete euritos.
-¿Cómo?
-Nada hombre. Estamos en fechas de muchos gastos. Ea, adiós. Y felices fiestas -dijo sacando al hombre de la casa para luego dar un portazo. (CONTINUARÁ…) .
Autor: Juan Manuel Sainz Peña (escritor)