El apretón

18/01/15 +Jerez Juan Manuel Sainz Peña

Segismudo Puertuela estaba deseando llegar a casa y quitarse los zapatos, tirarse en el sofá y ver la tele antes de quedarse sobado. Pero sabía que aún le que quedaba un rato. El tráfico era intenso el viernes por la tarde, de modo que calculó al menos media hora para llegar.

En el coche sonaba repetitiva una cadena que pinchaba temas de los años ochenta y noventa, casposilla ella, con tanta música bailonga o de baladas repetidas hasta la saciedad.

El semáforo se puso en verde y Segismundo pisó el acelerador, pero tal como puso el pie en el pedal sintió un apretón, uno de esos retortijones traicioneros que tan mal sientan estés donde estés (normalmente donde no te puedes aliviar). La cuestión es que el hombre sabía que cuando eso le pasaba, ya no había más remedio que apretar (el acelerador, quiero decir) y llegar a casa cuanto antes.

Los retortijones se sucedían (cada cinco minutos, como en las parturientas). El tráfico era intenso. Un sudor frío le recorría la frente y le bañaba la nuca. Aquello no tenía pausa.

Cogió en rojo todos los semáforos. Todas las obras. Todos los atascos. Seguía sudando. Tampoco había aparcamiento. Quince minutos dando vueltas con el coche. Finalmente logró aparcar, ganó el portal, que estaba abierto, y no esperó la llegada del ascensor. Cuando llegó a la tercera planta y vio su puerta sintió un alivio psicológico. ¿Y la llave? Buscó en los bolsillos del pantalón, en la chaqueta. No estaban. Como un rayo, la imagen de las llaves en la mesa del despacho, cruzó por su mente. No había tiempo para nada más. La naturaleza hizo el resto.

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