El arte de tener siempre razón

05/11/16 +Jerez Juan Félix Bellido
Arthur Shopenhauer escribió un breve tratado sobre la dialéctica que tituló El arte de tener siempre razón. Un arte que tenemos la manía de querer poseer todos. Así somos y así nos empeñamos en ser a juzgar por el planteamiento de nuestras discusiones. Además de las 38 estratagemas que el desarrolla para que expongamos nuestro punto de vista y así imponerlo, hay una afirmación en la introducción que me ha parecido sumamente acertada. ¿Por qué esa pasión por tener siempre  razón? ¿Y de dónde la discusión impositiva?  «De la mediocridad natural de la especie humana. Si no fuera así, si fuésemos profundamente honrados, no buscaríamos, en todo debate, más que hacer surgir la verdad, sin preocuparnos de saber si ésta es conforme a la opinión que habíamos defendido primero o a la del adversario, lo cual no tendría importancia o al menos sería totalmente secundario […]. La vanidad innata, particularmente irritable en lo que concierne a las facultades intelectuales, no quiere aceptar que nuestra afirmación resulte ser falsa, ni que la del adversario sea acertada. Por consiguiente, cada uno debería simplemente esforzarse en no expresar más que juicios exactos, lo cual debería incitar a pensar primero y hablar después. Pero en la mayoría de los hombres la vanidad innata va acompañada de una necesidad de cháchara y de una falta de honradez innata. Hablan –concluye Shopenhauer- antes de haber reflexionado, y aún cuando después se den cuenta de que su afirmación es falsa y de que están equivocados, es necesario que las apariencias demuestren lo contrario. Su interés por la verdad, que sin duda debe ser generalmente el único motivo que les guíe cuando afirman una tesis supuestamente verdadera, desaparece completamente ante los intereses de su vanidad: la verdad debe parecer falsa y lo falso, verdadero».   Ni más ni menos. Una fotografía exacta y, si queremos, de alta resolución. Y ahí seguimos, viviendo en un teatro de falsedades. Atascados y sin avanzar. Varados en la mirada de nuestro propio ombligo. Al final termina por caer el telón y la representación no ha servido para nada.
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