El cacharrito

10/10/14 +Jerez Juan Manuel Sainz Peña

Se asomó a la ventana de la tercera planta, en su casa. Allí cogió el cartelito de “Se Vende” y lo colgó con el deseo de que pronto llamara alguien y se quedará con él pisito. Y es que no aguantaba más el griterío en la calle, el sonido del claxon del cacharrito que imitaba a un camión de bomberos, la algarabía de los críos haciendo el tártaro, subidos al tobogán, mientras las madres destripaban vete a saber a qué vecina, o en tanto los padres, tan responsables y entregados a sus retoños, se les ponían los ojos como una breca viendo el culazo de la del segundo C (C de culo, oigan).

Pues allí estaba Olegario Tomacones (premio seguro desde que entró en la EGB hasta que se jubiló), observando el panorama del parquecito, copado de chiquillos correteando, pegando voces o llorando.

De nada sirvió el triple acristalamiento, ni poner la tele a todo volumen. Aquel murmullo, ese runrún metido en los oídos seguía allí desde junio hasta septiembre. Y encima el barecillo, para dar una estocada que ni José Tomás.

Ruido y más ruido.

Olegario maldecía por lo bajo, sin que nadie le escuchara. Luego cerraba la ventana y se dejaba caer en la butaca, soltando juramentos y palabrotas, reprochándose haber dado durante cuatro largos años la tabarra a su amigo Felipe, el concejal de Urbanismo, para que instalara todo aquella zona de recreo.

-En buena hora se me ocurrió a mí la idea, con lo biiiiien que se estaba aquí con el puñetero descampado y sus matojos -rajaba crispado y furibundo.

Autor: Juan Manuel Sainz Peña (escritor)

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