Los tres tipos vieron al anciano, gordo y barbudo, con su saca de regalos intentando colarse por la chimenea. Se miraron entre ellos pero no dijeron nada. En silencio se acercaron a la casa y sisaron al hombre.
-¿Es a mí?
-Claro, baje, buen hombre.
Descendió el anciano con cierta habilidad a pesar de andar sobrado de peso (es lo que tiene currar una vez al año) y de edad.
-Decidme, hijos míos. Ho, ho, ho, ho. ¿Es que no habéis echado la carta aún para que os traiga los regalitos. Estáis un poco creciditos, pero…
El de raza negra no contestó. Sacó un palo de béisbol y se dio golpecillos en la palma de la mano. Los otro dos desaprobaron el bate, preferían los guantes de boxeo.
Dale fuerte, Gaspar. Que no queden ni las migas, Melchor. Al dedo gordo, Baltasar, con el palo al dedo gordo.
Triturado quedó el viejo después de la tunda, en un ay, lo único que le salía del cuerpo.
-Ea, Nico, eso para que sigas metiéndote donde no te llaman. Que como sigamos así nos vamos a la cola del INEM, que ya estamos escuchando por ahí que la empresa nos quiere aplicar un ERE, y nosotros o junto o nada.
Dijeron eso y se marcharon entre risas.
-Tío, ¿dónde hemos dejado los camellos? ¿No lo habíamos escondido en el callejón? No se ve nada. ¿Y ese ruido, qué es?
-Pa.. parecen renos…
-Pues son muchos, ¿no? Y en la calle no hay salida…
Se escuchó a los tres tipos gritar a la carrera, tratando en vano de saltar el alto muro del final del callejón, en tanto en suelo temblaba con la estampida. Tres docenas de renos encabronados se dirigían hacia ellos, mientras una voz raquítica decía:
-A por ellos, hijos, a por ellos, que me duele hasta la barba. ¡A por ellos!
Autor: Juan Manuel Sainz Peña (escritor)