El destino

26/11/14 +Jerez Juan Manuel Sainz Peña

-No me importa lo que digas, Lucía. Ni me interesan tus lágrimas. Me fijé en ti sin saber que eras una perdedora, una fracasada que se viste el cielo abierto, que vivió un sueño cuando me conociste. Pero así es la vida. Algunas veces se gana, las más veces se pierde.

Lucía, con las manos en el rostro, parecía tratar de contener la riada de lágrimas que humedecían sus mejillas. La garganta le ardía, pero no solo de tristeza, sino de rabia.

Alexander Irinof, modelo, 29 años, y fetiche de todas las grandes firmas de moda, lo miraba desde la atalaya a la que el vanidoso suele subir después de escalar los peldaños del éxito, el engreimiento y la prepotencia.

-Mírate, le dijo con su acento moscovita-, pretendías desfilar a mi sombra, pero no eres más que una caricatura, un maniquí que más parece un monigote. Entiende que no pueda seguir a tu lado. Tengo una carrera que defender. Todos los gigantes andan detrás de mí para ver quién me paga más, quién me tiene en su pasarela más tiempo. Nací así, mi rostro roza la perfección. Y no, no lo digo, aunque también lo sé-, lo dicen quienes me pagan. Mi belleza y yo tenemos un futuro, pero no contigo.

Lucía fue a decir algo más, pero el modelo no le dejó hablar, se montó en su Maserati azul y la dejó con la palabra en la boca y las lágrimas en los ojos.

Poco después, mientras la muchacha rumiaba aún el desengaño y la soledad, el deportivo de lujo de estrellaba contra un camión de fruta. Alexander salvó la vida, pero todos los cirujanos coincidieron en señalar que ni la mejor técnica plástica lograría arreglar aquella cara destrozada por el accidente.

Autor: Juan Manuel Sainz Peña (escritor)
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