El final del verano

04/09/14 +Jerez Juan Manuel Sainz Peña

Marina alzó la vista y vio la playa vacía, el cielo nublado y el paseo marítimo más triste que una canción de Los Panchos. Sentada en el único chiringuito que aún no había despedido el verano, sorbía un cafelito mientras repasaba mentalmente aquellas vacaciones lejos del trabajo, de su jefe y de sus compañeros de oficina.

El coche ya esperaba, como impaciente, a que terminara el desayuno, para ponerse en marcha y devorar los 400 kilómetros que le separaban de su confortable plaza de garaje.

Pero Marina se resistía a marcharse sin volver a ver al macizorro que ponía las copas en el bareto que había bajo el apartamento que había alquilado. Menudo era Tony. Ojos azules, metro noventa y cinco, y guapo como él solo, que sonreía y medio bar babeaba.

Dejó el dinero del café, convencida de que ya no lo vería, cuando escuchó “gracias”, hasta la vuelta. Allí estaba el maromo recogiendo el pago del café, vaqueros ajustados, camisa blanca pegada al cuerpo, torso a la vista. A Marina le faltó aullar como un lobo a la luna.

-Me voy ya -le dijo.

Tony puso sus manos sobre los hombros y le dijo:

-Bueno, nos veremos, Marina, no te preocupes.

¿Cómo sabía su nombre?

-¿De acuerdo, Marina? Marina, Marina, Marina, Marinaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa.

Marina despertó sobresaltada. Desiderio, su marido panzudo y calvorota, le despertaba con su brusquedad habitual, zarandeándola de los hombros.

-Vas a llegar tarde al trabajo, coño.

Marina se sentó en el colchón, maldijo por lo bajo y deseó dormirse de nuevo para soñar con el verano, con la playa y con el buenorro de Tony, si es que tal tipo existía en alguna parte.

Autor: Juan Manuel Sainz Peña (escritor)
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