Era un gato grande, pero joven. Se había encaramado a una de las últimas ramas del árbol, y allí, tendido, observaba el panorama del barrio, las casas y el resto del parque.
-Minimo, miraaaaa el minino. ¿No te puedes bajar? Baja, toma, toma, toma, toma…
-Miauuu -dijo el gato.
El gato miró hacia abajo y vio a una anciana. Era una señora delgada, impecablemente vestida y con el pelo canoso. Apoyada en un bastón miraba hacia arriba, sin dejar de repetir: miniminiminimini.
Luego el animal, mientras se daba un soberano repaso con la lengua a los cuartos traseros, vio como la señora sacó con cuidado un teléfono móvil. Al poco, otras personas se arremolinaron en torno al árbol, señalando hacia la rama.
-Baja, gatito, bajaaaa -dijo un joven tocando los palillos-. Minimininini.
-Miauuu.
-Está asustado, el animalito -dijo la anciana tras colgar el teléfono.
Enseguida una sirena aulló a lo lejos, como un gemido lastimero. Un coche amarillo y grande, con una escalera enorme, entró despacio en el parque y se colocó cerca del árbol.
-Miaaaauuu.
-¿Dónde está el gatito señora? Ha llamado usted, ¿verdad?
-Si, pobrecito mío. Está ahí arriba.
-Miaaau.
El hombre que había hablado con la anciana dio la orden al que conducía el camión y enseguida la escala subió a la altura donde estaba el gato. Para entonces un buen puñado de curiosos se agolpaba cerca del camión de bomberos.
-Miau….
El bombero subió hasta la rama, luego cogió al gato con cuidado, le acarició la cabeza y le dijo:
-Ea, minimo, ya está. -Y cuando llegó al suelo preguntó si era de alguien y como nadie contestó, lo dejó ir ante el aplauso de la concurrencia y la emoción de la anciana.
-Gracias, gracias, señor bombero.
Cuando todos se hubieron ido, el gato se fue al árbol y allí trepó de nuevo hasta la rama donde se tumbó pensando:
-A ver si a la próxima, cuando diga miauuu, entienden que lo que quiero decir es: no den por saco, oigan, que aquí se está de cine.
Luego, ronroneando bajo el tibio sol, se echó a dormir.
Autor: Juan Manuel Sainz Peña (escritor)