Son las 3 de la tarde. Es un ascensor lujoso. El secretario del director general mide un metro noventa centímetros. Va al gimnasio y marca los pectorales como si fuera a reventar las camisas. Ojos verdes. Moreno.
Dentadura de perlas blancas. Huele siempre bien, a lavanda y romero. Es absolutamente encantador y se dice -él no habla de esas cosas porque además es un señor- que se ha acostado con más de la mitad de la mujeres de la empresa (y son más de 200). La otra mitad no es que no quiera, es que espera su turno. Pero a él le gusta Eva, la subdirectora de publicidad, que es tan inalcanzable -incluso para él- como para un servidor lo es Heidi Klum.
Pero hoy han coincidido en el elevador. Ella no ha podido resistir la sonrisa, ni olor de su piel, ni el traje de Armani, que le sienta como un guante. Él le ha dicho Espero verla alguna vez fuera de aquí, mientras ha sentido un inesperado retortijón de barriga.
Ella ha tragado saliva y sin pensarlo ha contestado tuteándole: A las 9 en mi apartamento. Sabes dónde vivo. Y ha salido del ascensor.
Él, turbado, pulsa el botón para bajar al sótano a por su coche. Cuando está a punto de cerrarse la puerta y se ve solo, no puede evitar que un sonoro cuesco, un chuflo descomunal retumbe como un tambor. Pero cuando levanta la cabeza ve que la puerta no se ha cerrado. La subdirectora ha olvidado el teléfono en su mesa y se disponía a coger de nuevo el ascensor. La cita, por supuesto, quedó cancelada.