El hijolagranputa del mosquito

24/07/14 +Jerez Juan Manuel Sainz Peña

Acababa de apagar la luz para dormir, pero eran ya las tres y media de la mañana. Anacleto Gallorda estaba medio muerto. Tres furgonetas con sacos de harina tuvo que descargar él solito aquella tarde, 42º grados a la sombra y subiendo. Luego llevar los sacos al fondo de la nave y, ya puestos, limpiar.

Pero fue apretar el interruptor de la mesita de noche y escuchar el zumbido molesto de un mosquito. Que le pidieran a Anacleto descargar otras tres furgonetas, pero dormir con un mosquito rondando por la habitación, ¡¡ni hablar!!

Encendió la luz y buscó en el cabecero de la cama, en las cortinas y en la pared, pero ni rastro.

-Sus muertos -musitó Anacleto con la zapatilla (arma letal para los mosquitos y efectiva en manos de una madre hasta la coronilla de aguantar niños) antes de volver a acostarse. Pero el ronroneo volvió, justo cuando soñaba con que dos señoras de bandera, en cueros vivos, se le ofrecían para descargar los sacos de harina.

Encendió la luz de nuevo, maldiciendo con la zapatilla otra vez dispuesto al crimen. Pero no hubo forma de dar con él. Cuatro veces se acostó y cuatro veces le zumbó el mosquito en la oreja. Las cinco de la mañana.

Vencido ya, comprobando que el desodorante en espray y el “Pronto” no servían de insecticida, vio al fin al bichito posado en la pared, gordito y cebado, el cabrón. Anacleto armó el brazo y lo soltó que ni Rafa Nadal al servicio. Espachurrado quedó el insecto. Anacleto, satisfecho, apagó la luz, se acostó y sintió cómo el sueño le vencía, justo en ese momento en que dos mosquitos se colaban por la ventana, hambrientos. Zumbado.

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