El hombre sin sombra

14/06/13 +Jerez Paco Sánchez Múgica

Llegué al clásico de la Universal antes que a las páginas de Wells, y de verdad que tiene poco que ver el filme de Whale con la obra literaria, aunque en ambos casos siempre fantaseé con aquel tipo de espeso abrigo largo y el rostro oculto tras unas vendas y unas enormes gafas. En el imaginario infantil sobrevuela el hombre invisible como figura casi totémica. Al menos para mi. Una aspiración constante, un deseo, poder pasar completamente desapercibido para el resto del mundo. Observar, escrutar cual voyeur, lo que hacen los demás sin temor a ser visto ni prejuzgado. Esa invisibilidad tenía mil usos diferentes en la mente de un niño como una manera más de dejar volar la imaginación. Y al final la ciencia lo ha logrado.

Esta misma semana un físico estadounidense lograba hacerse invisible junto a su hijo de 14 años en un experimento que apenas ha costado 150 dólares y que consiste en una capa de invisibilidad que es capaz de ocultar grandes objetos en todo tipo de espectro óptico. Tiene sus defectos y no es todo lo perfecto que debería ser, pero cuántos niños hubiésemos soñado con tener ese invento y jugar todo el día y a todas horas a ser invisibles. No olvidemos que uno de nuestros juegos de cabecera no tenía otro nombre que el escondite (en su acepción jerezana, ‘el escondé’), te perdías, desaparecías y alguien debía encontrarte. Si no lo hacía, ganabas. Todo lo conocemos. Y esos que desearían ese ‘juguete’ para lograr la invisibilidad, seguramente seremos casi los mismos que hoy por momentos aborrecemos las redes sociales y también daríamos un dedo de la mano izquierda (la derecha la uso más) por escapar en muchas ocasiones de esa enorme rueda de sobreexposición y visibilidad total que nos domina. Ese Gran Hermano que escribió Orwell décadas antes y que a partir de los ‘reality’ y las redes sociales ha terminado por resultar una plaga muy real.

Este artículo pasará a ser de pago a menos que copies esto en tu muro de Facebook. ¿A qué no piensas hacerlo? ¿Entonces por qué demonios la mayoría de las veces no podemos remediar la irresistible tentación de compartir tantísima porquería? Seremos borregos. ¿Quién ejerce tanta influencia sobre nosotros? ¿A nadie le da la paranoia sobre cómo sirve esta red para controlarnos, vigilarnos y catalogarnos? ¿Quién garantiza que esta red nunca jamás ha estado en ningún programa gubernamental de espionaje, como el que se ha destapado en días pasado que era dirigido por la administración Obama? Aparte de eso, si has visto la peli ‘La red social’ sabrás que el muchimillonario Mark Zuckerberg no ideó esta plataforma para que compartiésemos dulces gatitos de ojos tiernos, galgos ahorcados en crueles sacrificios o manidas citas ‘copy, paste’ de ‘wikiquote’. El tipo fue práctico y, además de para ligar, daba cobertura global y tecnológica al maltratado arte del voyeurismo y del chismorreo puro y duro de patio de vecinos. Si alguien creía que eso eran cosas que se estaban perdiendo con el tiempo, totalmente equivocado.

Desde entonces, el chisme y el cotilleo globalizados han encontrado un lugar privilegiado en una comunidad que mueve diariamente a mil millones de usuarios que hablan más de 70 idiomas y que, quieran o no (cualquiera sabe), están expuestos, totalmente visibles. Ustedes dirán que Facebook también sirve para comunicarnos, para informarnos, para publicitarnos, para vendernos, para compartir fotos de comida… Bla, bla, bla. Sus usos más difundidos son principalmente el de controlarnos (sea por quien sea) y el del vil critiqueo: que si vaya cara saca en la foto, que si quién se cree qué es, que si vaya comentarios que pone, que si tiene 5.000 amigos y luego 0 en la vida real, que si…, que si… Y en ese plan. Y lo peor de todo es que luego en el mundo real, ese mismo que cinco minutos antes te pidió que le confirmaras como ‘amigo’ y que te habrá criticado desde el otro lado de su pantalla de ordenador, ni tan siquiera será capaz de expresar un correcto ‘hola, buenos días’. Llamadme insano pero a veces estaría bien desaparecer.

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