El Inspector (II)

11/05/14 +Jerez Juan Manuel Sainz Peña

Ayer, dando una vueltecita por el Real ya vi unas cuantas irregularidades, pero como no estaba de servicio, nada pude hacer, a pesar de que el bolígrafo me tembló en el bolsillo de la camisa, dispuesto a tomar nota y empaquetar a diestro y siniestro, porque a bote pronto vi muchas cosas en las casetas que no me gustaron (y no hablo de los precios, que eso es harina de otro costal).

Vengo sofocado, esa es la verdad. La orden era inspeccionar las cocinas de forma sorpresiva y a mi criterio. Y la verdad, no me esperaba ni las deficiencias encontradas ni el descaro de los caseteros ni empleados. Un desmadre, oigan.

En primer lugar me identifiqué como inspector de calidad y nadie me hizo caso. En la caseta ‘No pises la hierba, fúmatela’, el personal siguió a lo suyo. Unos pelaban patatas mientras se echaban un cigarrito, otros pelaban gambas congeladas (a pesar de que en la carta pone que son frescas). Ninguno llevaba el preceptivo gorro, y eso que el jefe de cocina tenía más pelos que la moqueta de Isabel Pantoja. Un despropósito, oigan.

Eso por no hablar del equipamiento. Las gomas del butano caducadas hace seis ferias, el aceite birlado de los contenedores de Madre Coraje, las patatas para las tortillas con más humedad que los camarotes del Titanic.

¿Y la higiene? Oigan, he visto manos de mecánicos que arreglan tractores con menos grasas que en las uñas de esos pinches.

Nada, que no he tenido más remedio que hacer un informe completo. Tres páginas he rellenado mientras el personal, sin hacerme ni puñetero caso, se ha liado unos canutillos entre croqueta y croqueta. Una vergüenza.

Lo peor ha llegado cuando he pedido el carné de manipulador de alimentos. Se hizo el silencio en la cocina y creí que por fin me habían tomado en serio, pero qué va. La carcajada llegó hasta el aeropuerto. Uno me llegó a preguntar que si eso era obligatorio. Inaudito.

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