El Inspector (III)

12/05/14 +Jerez Juan Manuel Sainz Peña

He informado detalladamente de todo lo acontecido ayer en la inspección de la cocina de una caseta. Llamé a mi jefe, pero creo que debía andar por la Feria, porque el ruido era infernal, su voz era mollatosa, y se escuchaban voces masculinas de fondo diciendo algo como “cuelga ya que nos vamos a la caseta de Fangoria”, o algo así. A mí me da igual, pero yo creo que al dueño de ‘La salmonella saltarina’, le huele la espalda a Ducados.

En fin. Según la famosa hoja de ruta, hoy tocaba inspección a los cacharritos de la llamada Calle del Infierno. No es que me hiciera especial gracia la jornada laboral de hoy, pero como le dijo la mujer de un vegetariano a su esposo la primera vez que en entró en MacDonal’s: “si no te gusta, te aguantas”.

Lo primero que salta a la vista (y al oído), es el desparrame decibélico. Con tanto altavoz a toda pastilla del que vende algodón, hamburguesas, o gofres con chocolate ‘La Gaviota’ (te cagas volando), no hay quien se aclare. Es materialmente imposible entenderse con los dueños de las atracciones. Por más que lo he intentado, no ha habido forma. Solo con el dueño de la montaña chechena he estado más de cuarenta y cinco minutos. En una primera inspección he visto tornillos sueltos y oxidados, manchas de aceite, botiquines de primeros auxilios con las vendas llenas de moho. Para colmo, el tipo me ha dicho que la emoción que busca la gente montándose en los cacharritos no está en la atracción en sí, sino en el desconcierto de saber si el cacharro está bien montado o no.

Por supuesto le he metido un paquete que ríase usted del follón de Rumasa.

Lo peor ha sido que el tío me ha dicho que no me ponga así, que cuando hay algún carril suelto y no tienen tornillos a mano, lo sujetan con cinta aislante. Inaudito.

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