El Inspector (IV)

13/05/14 +Jerez Juan Manuel Sainz Peña

Vamos de mal en peor. Ya había oído que en la Feria la normativa se la pasaban muchos por los Países Bajos, pero en los días que llevo aquí, el balance es de desmadre y julepe.

Hoy me tocaba visitar los coches de caballos. No entro en tecnicismos porque yo de carruajes entiendo lo mismo que Belén Esteban de las pinturas de Vermeer.  Lo que he ido a ver han sido las tarifas y las medidas de seguridad para los guiris que pretenden ver la Feria montados en uno de de estos carruajes.

Como en las cocinas de las casetas, escogí un coche al azar. El cochero se llamaba Agripino (que ya hay que tener mala leche para ponerle a una criatura un nombre así). Y aunque no viene al caso, en el gremio lo conocen como Agripino y su pepino. Pero no, no se me vayan por el mal camino. El cochero inspeccionado tenía la nariz como tal tubérculo, como para oler la Semana Santa en octubre, vamos. De ahí el apodo.

La primera irregularidad fue la tarifa. En el coche no había lista de precios, ni traducción al inglés, ni nada de nada. Al ser interrogado, el cochero me dijo que la vuelta al Real son cincuenta euros de nada, más la propina. Que el guiri lo toma o lo deja, como las lentejas.

En cuanto a la seguridad, nada de nada. Este no ha visto un seguro ni en la tele. Le pregunté que qué ocurriría si alguien, con una copa de más, se caía del pescante mientras ojeaba las casetas. El tal Agripino se encogió de hombros y me dijo que era su problema, que mientras no le manchara el coche de sangre y le fastidiara el resto de la Feria, eso a él le traía al fresco.

Por supuesto le pedí la tarjeta sanitaria, los certificados veterinarios y el permiso municipal. “¿Pero no has visto las pulgas que tiene el caballo, picha mía? ¿Entonces pa’ qué preguntas na de veterinario?”, me dijo. Y a todo esto el caballo defecando. Por supuesto, Agripino no recogió nada con el consiguiente tufo. Inaudito.

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