El Inspector (VII)

16/05/14 +Jerez Juan Manuel Sainz Peña

Siempre he sido muy goloso, así que la inspección de hoy, a pesar de los sobresaltos (aunque cada vez son menos porque me voy acostumbrando a tanta irregularidad), no me ha costado mucho trabajo.

Desde primera hora de la mañana estuve inspeccionando el tenderete de churros y porras con chocolate que se ubica en una de las entradas al parque González Hontoria. Hombre, de entrada le he abierto un expediente por el nombre del negocio, anunciado, además, con rótulos luminosos: ‘La porra de Manolo’, se llama. Y no me parece, la verdad. Que por aquí pasan un montón de niños y no es de recibo, por mucho que haya querido convencerme el tal Manolo de que se refiere a sus porras con chocolate.

Por lo demás, salvo que los churros y las porras se enfrían al aire libre, sin vitrina de cristal, a mano de todo el mundo, el resto parece normal: clavada por todo lo alto, chocolate hirviendo en vasos de un solo uso, y manteles de cuadros de cuando Pacheco entró de becario en la Caja de Ahorros. Nada extraño.

Seguí mi recorrido por las hamburgueserías, deteniéndome en ‘La hamburguesita colesterona’. Tampoco encontré muchas irregularidades: los botes de kétchup con el pitorro renegrido, las servilletas de papel inservibles, los refrescos calientes y el pan para las hamburguesas más duro que una paella de perdigones. Eso sí, les ha caído un paquete de padre y muy señor mío por publicidad engañosa. El epígrafe del negocio se anuncia como ‘hamburguesería americana’, y la carne viene de un matadero de Utrera y otro de Chipiona. Una estafa, oigan.

Menos mal que para terminar la jornada, la inspección de algodones dulces solo me ha obligado a meter un parte de narices por tener la chuchería a la intemperie, llena del polvo de la Feria. Y lo raro es que ese pelotazo de glucosa lo comen con la misma ansia pequeños y mayores. Inaudito.

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