Sabía yo que hoy iba a terminar más estresado que el abogado de Ruiz Mateos. Me ha tocado darme una vueltecita por esas casetas de Dios, para ver la documentación, horarios y condiciones de trabajo de los camareros que atienden detrás de la barra.
Paquetazo al canto nada más llegar a la primera caseta. De siete camareros, seis tenían menos papeles que un conejo de monte. Eso por no hablar de los horarios: de once de la mañana a cinco de la madrugada, sin descanso. Nada de un ratito para comer. El dueño, según me sopló un empleado, les deja meter mano de vez en cuando a las bandejas de choco y cazón en adobo que van para las mesas, pero le han dicho que si quieren comer, que se vayan a su casa, que eso no es Casa Pepa. Así que arreando.
En cuanto al vestuario, pues nada de particular, eso es cierto. Hombre. Las camisas blancas se ensucian mucho, y como uno tiene su corazoncito, pues entiende que a lo largo de la Feria acaben con unas manchas que no se quitan ni en los anuncios de detergente.
Eso sí, el segundo paquete del día se lo metí al jefe de barra de la caseta Sin que se entere tu marido, una peña taurina donde tuvieron la desfachatez de borrar los precios que han puesto toda la Feria, para escribir en la pizarra lo que les ha dado la gana. Así, lo que un martes valía 6 euros, ahora vale 9. Una tomadura de pelo intolerable que, como es normal, ha sido duramente sancionada. Aunque tengo que decir que el casetero cogió la multa, se fue al cuarto de baño, y me dijo que iba a limpiarse no sé qué con ella. Una desfachatez.
Por lo demás, nada de particular, visto lo visto. Los camareros sin carné de manipulador, sin seguro, sin horarios y sin nada de nada. A mí me argumentan que tiene tres niños, y que el resto del año están en paro… ¿Qué voy a hacer? Si es que tengo un corazón que no me cabe en el pecho. Tendría que ponerles una multa, pero cada vez que saco el boli, me jarto de llorar. Inaudito.