Las relaciones entre el periodismo y la literatura se pierden en el inicio de los tiempos en los que la información comenzó a generarse para círculos cada vez más amplios, porque no hay que olvidar que contar historias es siempre reflejar de la forma más bella y eficaz posible las palabras que tenemos para ello. Hacerlo desde el frío prisma de la escueta noticia periodística o envolverla en un halo de belleza plástica a través del reportaje literario no solo es cuestión de tiempo y espacio al que obligan los actuales medios de comunicación masivos- sino una decisión personal del periodista. Y de ello hay muchos ejemplos en el periodismo en lengua hispana, quizás hasta más antiguos y abundantes que en otras lenguas, porque esta maravillosa relación entre dos mundos no tan lejanos han sido siempre muy fructífera. Gabriel García Márquez, Azorín, Mesonero Romanos o Mariano José de Larra han sido grandes maestros en estas lides para los periodistas actuales. Algunos, como Manuel Vicent o Manuel Rivas, han dado ya el salto a la pura literatura. Otros, como David Jiménez, siguen deleitándonos con sus narraciones de historias y mundos lejanos, pero tan reales como los nuestros.
Tras el éxito editorial que supuso su anterior libro Hijos del monzón, que le valió el Premio Internacional de Literatura de Viajes Caminos del Cid, el corresponsal de El Mundo en Asia, David Jiménez, sorprende ahora con El lugar más feliz del mundo (Kailas, 2013), un recorrido por los países más desconocido de ese continente a partir de sus experiencias, conversaciones e interactuaciones como periodista. Quizá hay lugares a los que no se debería volver. Los visitaste tiempo atrás, guardas un recuerdo de cómo eran, de cómo eras tú cuando estuviste en ellos, y al regresar te das cuenta de que todo ha cambiado. Con esta reflexión comienza su nueva aventura literaria, que puede definirse como un auténtico manual sobre periodismo de reportajes y un muestrario de que la única frontera que separa al periodismo de la literatura es su naturaleza, no su forma. El primero es realidad, veracidad; la segunda, ficción. Pero ambos son creaciones subjetivas y personales.
No obstante, El lugar más feliz del mundo que es como la propaganda de Corea del Norte describe a su país pese a estar bajo una de las tiranías más represivas de la actualidad- es una radiografía de la naturaleza del individuo y un viaje que dura quince años y que busca un destino, ese que no encontramos y que puede estar más cerca de lo que pensamos. Paraísos perdidos, guerras olvidadas, héroes improbables y lugares marcados por los extremos de la condición humana, sus luces y sombras, son protagonistas de sus reportajes, porque precisamente es en mitad de la oscuridad, en lugares tomados por la desesperanza, donde el autor encuentra a los personajes más fascinantes, las situaciones más humanas y los actos de coraje capaces de hacernos creer en un mundo mejor.
Ya hay quien compara a David Jiménez con el Kapuscinski español, pero las comparaciones no son justas para ninguna de las partes. El periodista español ha encontrado su propio estilo, uno que le vale el seguimiento del público y el reconocimiento de la crítica. Y en este su segundo libro lo demuestra.