Entró en la tienda y esperó a que todos se fueran. Isabel había visto al nieto de Rafael ir con su abuelo del brazo. Ahora estaba allí, con una bolsa de plástico que el muchacho puso sobre el mostrador. La dueña de la mercería le dio dos besos.
-Siento lo de tu abuelo.
-Y yo lo de su madre ?contestó él, educado. Después el chico abrió la bolsa y le mostró todas las bobinas de hilo sin usar, aún con el precinto de celofán transparente.
-Mi madre dice que es tontería que estén en el armario de mi abuelo.
Isabel cogió una de las bobinas y la miró con ternura. No dijo nada. Recordó a Rafael pidiéndole a su madre una de esas canillas, con aquellos ojos azules mirando con la pasión de un adolescente. Después su caminar tranquilo, su buenas tardes y el amor oculto en algún lugar de su corazón cansado.
-Todas las semanas venía tu abuelo a verla con la excusa de comprar…
-Esas bobinas que nunca usó, lo sé.
-Murieron el mismo día -pensó Isabel en voz alta.
-El mismo día, sí -contestó el nieto, la voz quebrada y los ojos velados, antes de marcharse.