El autobús se detuvo y Marilia subió, pasó el bono de transporte y fue a sentarse en una de esas plazas enfrentadas, incómodas para quien no quiere tener compañeros de trayecto con quien cruzar miradas o roce de rodillas. Justo tras ella subió el tipo feo, de dentadura desordenada, ropa que parecía sacada de un escaparate de Madre Coraje, y colonia de viejo.
Marilia se fue a sentar, y justo cuando lo hizo, vio un billete de 100 euros desaparecer bajo el culo de su compañero de autobús cuando tomó asiento justo en frente suya. Un piquito del billete se dejaba ver entre las piernas de aquel hombre y la muchacha, de tanto en tanto, deseando que el asiento quedara libre, miraba sin recato, ignorando el efecto que aquello estaba teniendo en el tipo.
- Me llamo Olegario, Olegario Pinilla - dijo ante la estupefacta mirada de Marilia, quien tomó, casi sin darse cuenta, la mano que el otro le ofrecía.
La joven, tratando de ser amable y con todo el deseo de que el tal Olegario se levantara, respondió a aquel saludo espontáneo con una sonrisa. Luego quedaron en silencio, pero Marilia, de tanto en tanto, miraba entre las piernas del otro viajero, alzando a veces la vista por si algún otro ocupante del autobús se había percatado también del hallazgo.
Nada. Siguió el coche su rutinario trayecto y Marilia con la vista puesta en el asiento, mientras Olegario, cada vez más embalado, le daba su tarjeta de visita.
- Soy nuevo en la ciudad. ¿Coge siempre este bus?
- Sí - dijo la otra arrepintiéndose inmediatamente de desvelar aquello.
- Nos veremos entonces mañana- dijo. Me bajo aquí, creo.
Marilia pensó que jamás hubiera hablado a un tipo tan rematadamente feo de no ser por la circunstancia del billete, pero los 100 euros merecían la pena.
Olegario se levantó al fin y la joven, con un movimiento felino se cambió de asiento tomando el billete.
- Mañana nos veremos -repitió, ingenuo, Olegario Pinilla, antes de bajarse.
El autobús se puso en marcha y Marilia tomó el billete riendo al recordar la cara de Olegario mientras se daba cuenta de que ella miraba entre sus piernas. Pero la risa se le borró de la cara cuando comprobó que el tacto del papel del billete era extraño.
- ¡Mierda! - exclamó al leer el envés de aquellos 100 euros: Compramos oro. Convierta sus joyas en dinero. Calle del Melitón S/N. Albacete.
Mañana nos veremos, recordó Marilia mientras trataba de borrar de su mente la dentadura y la ropa de pesadilla de Olegario Pinilla.
Autor: Juan Manuel Sainz Peña (escritor)