El perro y el negro

22/10/14 +Jerez Juan Manuel Sainz Peña

Es una aldea misérrima, pero sus habitantes parecen felices. Es un villorrio, allá en el Cielo, o donde quiera que continúen su existencia -si es que la hay- aquellos que abandonaron la tierra, lugar de alguna alegría y muchos sinsabores.

El perro llega moviendo el rabo. Allá abajo lo llamaban Excalibur, pero tal vez en esas alturas, (a esas alturas), el nombre ya no importa demasiado.

Un niño sale a recibirlo. Es negro, está escuálido pero ya no sufre. Las almas, ya se sabe, abandonan -eso dicen, al menos- el padecimiento del cuerpo cuando uno se muere.

En el centro del poblado, donde nadie padece, discuten con la calma de un mar sin viento. Unos dicen que los hombres blancos ayudan mucho. Otros lo afirman, pero también dicen que dejan de lado a sus hermanos, allá abajo, solo porque son negros, porque el hambre no se contagia. Y que ahora las prisas llegan, cuando la muerte en forma de virus llega a las puertas de occidente.

-Llevan un buen rato discutiendo -dice el niño mientras acaricia al perro, que se ha tumbado a su lado-. Creo que quieren averiguar qué vida vale más para el blanco, la nuestra o la suya. También han hablado de ti, amigo.

El perro le lame la mano.

-Es una charla inútil, porque para el blanco, su vida no vale más que la nuestra, es que para el blanco, la nuestra, como la tuya, no vale nada.

Autor: Juan Manuel Sainz Peña (escritor)
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