El príncipe de la fiesta (o no)

22/11/14 +Jerez Juan Manuel Sainz Peña

Estaba convencido de que en una fiesta como aquella, el célebre modelo no tendría otra que atender a las mujeres que se le acercaran, ser lo más amable posible con ellas y pasar la velada entre vino y alguna que otra risa forzada. Y es que el tipo, un metro noventa y dos, robusto y la cara encargada de anunciar calzoncillos de Armani (bueno, más que la cara, el paquete), era de un guapo que daba hasta coraje.

En efecto, nada más entrar en el salón noble del Ayuntamiento, donde se estaba dando la recepción, no pocos ojos femeninos y alguno que otro masculino, que de todo hay en la viña del Señor, (y cada vez hay más de “todo”, porque aparecen como setas, oiga), se clavaron en su porte atlético, en su traje impecable, en su mirada líquida de ojos azules.

Buenas noches, dijo al entrar a los que estaban cerca de la puerta, y sonrió, el muchacho, con esa sonrisa efecto soplete, que derretía el acero como si fuera mantequilla en un horno.

Para mí, que veía aquello desde la barrera, resultó divertido observar cómo la escena se repitió al menos media docena de veces: las mujeres se acercaban a él, entre codazos pícaros y gestos. El otro, claro, machoman de las narices, sacaba pecho y saludaba, muack, muack, ¿qué tal?, con su acento de Nápoles, hasta que las damas pasaban de la sonrisa al rictus desagradable. Luego se despedían precipitadamente y lo dejaban allí solo, en medio de la fiesta. Así una vez detrás de otra, hasta que picado por la curiosidad del efecto, me acerqué a saludarle y comprendí: Rulfo Bonetti, modelo, empresario, actor, millonario y no sé cuántas cosas más, padecía una halitosis. No, no exagero: el tipo abría la boca y olía, por la gloria de mi tío Vicentín, como el sobaco de King-Kong.

Autor: Juan Manuel Sainz Peña (Escritor).
Advertisement