Lo vio al llegar a la plaza con su hermano. Habían estado montándolo toda la noche y ahora lucía en la alameda, con sus caballitos de colores, las carrozas y los coches de bomberos.
-Quiero montarme ?dijo Pedro.
-No, Pedrito, ¿cómo te vas a montar ahí?
-Quiero montarme ?repitió refunfuñando, con los ojos muy abiertos puestos en el carrusel.
El hermano mayor de Pedro miró la atracción e invitó a su hermano a seguir el paseo, pero éste se revolvió y lloriqueó señalando una de las jacas.
-En la yegua azul, en la azul, en la azul.
-Pero no llores, Pedrito. Y no seas cabezota.
-¡Que me quiero montaaaar! ?Salió un gesto infantil, pero vigoroso, que hizo que algunos viandantes se volvieran.
Pedrito lloraba y gimoteaba, la babilla caída y los ojos tristes, señalando el tiovivo.
Bufó Juan, su hermano mayor, sopesando la posibilidad de que su hermano disfrutara de aquella jaca azul de cabellos de nylon.
-Por favor, Juan, Juanito.
Pagó al fin Juan el billete ante la mirada feliz de Pedro. Luego, con mil esfuerzos, montó a su hermano en la yegua y se colocó junto a él para que no fuera a caerse.
Sonó la música y empezó a girar el carrusel.
-Gracias, Juan -dijo Pedro.
Juan le dio un cachete, le secó las babas y tragó saliva. Allí estaba montado con su hermano, 58 años, dos con Alzheimer amordazándole los músculos y robándole la razón.
Autor: Juan Manuel Sainz Peña (escritor)