El viajero

12/12/14 +Jerez Juan Manuel Sainz Peña

Mari Cruz se llamaba. Se llama. Conduce uno de los autobuses que atraviesan la urbe de punta a punta, recogiendo viajeros que van al trabajo o vuelven de él; jóvenes con libros que van al instituto; gente que va a la compra, o viajeros como Darío, que no van nunca a ninguna parte.

Darío, 65 años, bien vestido y oliendo a una colonia de tímido aroma, se sienta si ello es posible -y casi siempre lo es- en el asiento más cercano a la chófer después de picar, clin, clin, su bono de transporte. Luego reposa sus manos sobre las rodillas y observa en silencio las maniobras de Mari Cruz. Al poco ya no se fija en su conducción. Mira por el retrovisor de la cabina el reflejo de la muchacha, que bien puede ser su hija. Estudia sus manos sobre el volante, que le parecen delicadas. Le brilla el pelo negro y le gusta, como todo en ella. Ni siquiera —piensa- le resta feminidad el jersey de pico y la corbata azul marino del uniforme. Le va bien todo eso con sus ojos líquidos y su piel pálida. Y con su voz. Y con su sonrisa, porque Mari Cruz sonríe mucho, aunque no habla demasiado mientras conduce.

Pero esa mañana es diferente. Escucha que le cambian la línea, que ya no conducirá más el 125, y que hará otra ruta que le dirán mañana, cuando se incorpore al servicio.

Darío siente que el corazón se le encoge, pero luego sonríe en silencio. No tendrá más que probar a esperar al autobús en todas las paradas de la ciudad hasta que la vea de nuevo.

¿Una locura? No, se dice en voz queda mientras el autobús sigue su camino, nunca anduvo el amor -aunque él jamás se lo confiese a Mari Cruz- sobrado de cordura.

Autor: Juan Manuel Sainz Peña (escritor)
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