Cuando llegó y vio todos aquellos tubos, cables y monitores, estuvo a punto de echarse a llorar.
-Lo siento, hermano.
-¿Dónde ha sido?
-En la curva de Matamoros, antes de salir del pueblo.
-Aquello es mortal -gimió el otro.
Quedaron ambos hermanos en silencio, sin saber qué más decir, observando la maraña de enchufes y aparatos, mientras ronroneaba con una cadencia pírrica, a punto de detenerse para siempre.
-María, es más grave de lo que me dijo Pedro por teléfono. Mejor que no vengas siquiera -habló uno de ellos a su esposa por el móvil.
-Se ha echado a llorar, Pedro -se lamentó mientras las máquinas pitaban y dos hombres, con gesto grave y las manos manchadas tocaban en las tripas aún calientes.
Al poco, uno de ellos se acercó a los hermanos y dijo:
-Más vale que lo lleven al desguace.
-¿Al desguace? -se indignó uno, dijo una palabrota el otro.
-Ha roto el motor y partido la dirección, y solo en chapa y pintura se le va a ir más dinero que si comprara uno nuevo. ¿De quién es el coche? Es milagroso que no tenga usted ni un rasguño.
-Es de mi cuñada -contestó Pedro mirando el vehículo, siniestro total, mientras daba las gracias porque a él apenas le doliera el cuello.
Autor: Juan Manuel Sainz Peña (escritor)