Matías tiene la sana costumbre de echar la llave de la puerta de su casa antes de irse a dormir. Hoy no es una excepción. Gira el bombín, escucha el clac-clac de los cierres de seguridad y deja las llaves sobre la mesita del recibidor. Luego se ducha, cena algo y se acuesta temprano porque su avión sale a las siete de la mañana. Marí, su gata, se acuesta un rato a los pies de la cama hasta que decide irse a husmear por la casa.
Matías ha tenido un sueño velado, incómodo. Ha llegado a escuchar las campanadas de la iglesia cercana dando las tres, las cuatro y las cinco. Después ha soñado con las llaves. Primero que no aparecían, y luego ha escuchado el tin-tin metálico del llavero.
Suena el despertador. Las cinco de la mañana. Se levanta enciende la luz y se viste. Comprueba que en la maleta no falta nada y la cierra. Luego se peina, se echa un poco de colonia y se va al recibidor. Las llaves no están. Matías maldice en voz queda jurando que las había dejado allí.
Las cinco y media. Angustia. El aeropuerto está a doce kilómetros.
Sigue buscando. Maldice. Remueve los cajones en busca de una copia que no tiene. Las seis menos cuarto. No va a poder facturar.
Las llaves no aparecen. Marí observa desde su camita el ir y venir de su amo, que cada vez está más nervioso. La gata se da un soberano lavado.
Las seis y media. Matías explota. Se cisca en todo. No llegará al vuelo ni por asomo.
Matías suda, reniega, blasfema. Ni el llavero ni una copia aparece pon ningún sitio.
Las siete de la mañana. Al traste con el vuelo. A ver qué dice en el trabajo.
El hombre descuelga el teléfono mientras observa a Marí. La gata se levanta de la camita, y allí bajo su cuerpo peludo, aparece el llavero.