Atardecía. Cuando terminó de hacer las últimas fotos en el zoológico ya no había nadie. Escuchó golpes en alguna jaula, quizá en la zona de los felinos, y aceleró el paso antes de que algún operario le llamara la atención. Entonces los golpes cesaron y distinguió el ruido de una puerta metálica al abrirse bruscamente. Pasó la jaula del ocelote y los linces y de repente se detuvo. O más bien se paralizó. No se lo podía creer pero era cierto: el único león del zoo campaba en libertad por el camino que llevaba a la salida. Y lo había visto. Era Willy, un macho joven, enorme y fiero que lo alcanzó en un par de zancadas.
Ya le hubiera gustado a aquel rezagado visitante correr, pero ni un solo músculo del cuerpo le respondió. El animal se acercó, lo olisqueó y le puso las dos patas encima, con suavidad, pero haciendo que el muchacho cayera al suelo. Allí notó el aliento caliente y fétido de la bestia, el olor rancio de la melena enmarañada y el peso brutal de su cuerpo imponente. Durante un rato estuvo así, oliéndolo con la boca entreabierta, a su merced, entre su respirar agitado y salvaje. Le rugió en la cara mostrándole toda su batería de dientes, una amenaza real. La certeza de que si esa boca se cerraba en su cuello se lo trituraría sin demasiado esfuerzo. Pero el león se apartó, se dio la vuelta sin más, y regresó a su jaula, donde se tumbó.
El joven apenas pudo levantarse, con la ropa polvorienta del suelo de tierra y las piernas laxas. Dando bandazos, aún aturdido, ganó el control de salida donde balbuceó:
-El león… el león tiene la puerta de la jaula abierta. -Después se dio cuenta de que se lo había hecho todo encima.