A cualquiera le hubiese gustado irse de vasos con John Falstaff a un tabanco. Un tipo especialista en saber vivir en un mundo en el que apenas luchamos hoy por sobrevivir. Su caricatura marginal y oronda, grotesca, contrasta con su integridad y tendencia pendenciera. No sucumbía a los horrores de las guerras, el hambre, la peste, la adversidad… Su máximo temor era la traición de la amistad y pensar que en algún momento pudiese dejar de ser irresistible a las mujeres. Fue en boca de este vanidoso gordinflón en la que Shakespeare puso aquello de si mil hijos tuviera…. Sin duda, la mejor promoción y publicidad que nunca podrían haber imaginado los caldos del Marco de Jerez. De ella hasta nacieron los sucedáneos y las marcas blancas, que hoy tanto siguen lastrando a lo que queda de nuestra industria de cabecera. Sin creer que el bardo de Avon pusiera el jerez en el mapa, desde luego ayudó lo suyo a difundir sus bondades gracias al más de medio centenar de alusiones que se cuentan entre su obra. Todo reconocimiento que se le siga haciendo es poco, of course.
Tantos siglos después de aquello, han tenido que ser una australiana y un alemán, Chelsea Anthon y Wolfgang Hess, quienes en las últimas semanas hayan recordado al mundo la importancia de uno de sus tesoros valiosos, que Jerez y el jerez existen. Un hecho que nos entusiasma al pensar que hay extranjeros que sienten lo nuestro casi más suyo que nosotros mismos; pero que al tiempo nos entristece al pensar en lo poco que a muchos de los nuestros les importa o preocupa lo nuestro. Y ni siquiera hablamos ya de su potencial como vehículo para escapar de algún modo del tsunami de la crisis, sino de simplemente valorar lo que tenemos, lo que tanto nos dio en el pasado y podría darnos en el futuro: nuestra identidad, nuestra tradición, nuestra singularidad.
Probablemente ahora todos se apunten al carro del exaltado World Sherry Day, pero sigo sin explicarme demasiado bien por qué nadie de los competentes de aquí, nadie en esta tierra de tantos próceres bien pensados, había reparado antes en algo así; una acción global aprovechando medios globales como las redes sociales para volver a tratar de posicionar en todo el mundo a uno de los pilares de la idiosincrasia de nuestra tierra. ¿Tendrá excusa el responsable de Cultura y Fiestas que al parecer hace política al 85%, tal y como marca su nómina de delegado, por tener que dedicarse a su empresa privada? ¿Y el Consejo del vino? ¿Y las bodegas? ¿Nadie ha pensado que a lo mejor alguien les paga para que piensen? La última acción promocional más o menos seria que recuerdo en relación con los caldos del Marco fue hace unos 16 años con el Pokito a poko de Ketama, en la que el Consejo del Brandy de Jerez montó hasta una gira de conciertos para tratar de introducir la bebida espirituosa entre la población joven. No sé qué resultado tuvo aquello, al margen de las denuncias por publicidad encubierta que se cursaron, pero ahora tengo un buen puñado de amigos que habitualmente pide en las tascas un cubata de brandy con cola. Algo es algo.
Si fuera por las bodegas o el Consejo, da la impresión que lo más próximo a un oloroso o a un amontillado que se bebería sería el rebujito. Y eso que no dejan de aparecer buenas noticias externas para los que tienen el deber y la obligación de potenciar y vender con fuerza la riqueza del Marco. Se podrán criticar más o menos, pero el resurgir de los tabancos como postales de aquellos otros que se conocían ha dado otro aire al vino de Jerez y, de paso, otro atractivo más para los turistas que nos visitan. No es casualidad que una pareja de actores de Hollywood venga a la ciudad con motivo del pasado Gran Premio y alucine con El Pasaje. Hay cosas que las tenemos tan cerca y tan delante de nuestros ojos que no alcanzamos a verlas. Es bueno que vengan de fuera para desperezarnos pero, para variar, tampoco estaría mal que alguna vez pensáramos por nosotros mismos. Y para eso, nada mejor que una buena copa de vino de Jerez. O como exclamó otro dramaturgo inglés del XVI como Jonson, sherry, sherry, sherry, by my troth he makes me merry.