Fatiguitas en la arena seca (I)

14/08/14 +Jerez Juan Manuel Sainz Peña

La marquesa de Villaquisiera, exquisita ella, y quien bajaba arreglada a la playa casi como si fuera a la boda de su hija, desplegó la silla y se sentó bajo la sombrilla que Mariano, su sufrido esposo, clavó luego de topar con piedras una y otra vez. “Mariano, esto. Mariano, lo otro”, decía la vieja. Y Mariano, aunque sabía que su esposa era más pesada que tender dos lavadoras con ropa de niño chico, acataba las órdenes con un “sí, mi amor”. Ochenta años tenía la señora, pero la cabeza mejor amueblada que IKEA, y una guasa que ríase usted de Luis Aragonés, que en gloria esté.

La cuestión es que era domingo de agosto, y la playa, a la hora que bajó el matrimonio, estaba, como se suele decir, hasta la bandera (que a tales alturas del verano, con tanto veraneante, tanto niño y no tan niño, meando en el agua y tirando papeles, ni era azul ni se le debía parecer). Un hueco había delante del campamento que había instalado Mariano; cinco padrenuestros rezó Cuquita (manda huevos el apelativo con la edad de la señora) para que no se le pusiera nadie delante. Milagro que no se cumplió. Solo faltaría. Una familia con diez personas se le plantó a medio metro de la silla, más brutos todos que comer escombros, con cuatro neveras, cinco sombrillas, seis mesas y más sillas que en la Última Cena. A Cuquita se la llevaban los demonios.

-Mariano, haz algo -dijo, pero el hombre, viendo el panorama, llevaba ya cinco minutos mojándose los pies en la orilla, en tanto la familia empezaba a desplegar, para solaz del que parecía patriarca de la reunión, toda suerte de platos, fiambreras, refrescos, cubiertos y demás utensilios, lo mismo, lo mismo, que si fuera la comida de Navidad para todos los extras de Gladiator.

(CONTINUARÁ)

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