Fatiguitas en la arena seca (y II)

24/08/14 +Jerez Juan Manuel Sainz Peña

Dejamos a la marquesa de Villaquisera en la playa, en agosto, hasta la bandera de gente, deseando que en el único hueco que tenía delante de su sombrilla no se pusiera nadie. Pero no hubo lugar al milagro y ahora la vieja, horrorizada, veía cómo una familia numerosa (en todo: sobrillas, mesas, neveras y gente) se plantaba a dos metros y medio de su silla playera.

Por la gloria del Tato que aquello parecía una boda. ¡Qué de gente! Doña Cuquita estaba a punto de caramelo para que le diera un patatús. ¡Qué ordinariez!, pensó al ver las tortillas de patatas, el tomate picado, los huevos duros, el menudo, las sardinas asadas, los filetes empanados, las aceitunas, el gazpacho… ¡Y qué fatiguita ver al patriarca con el bañador dos tallas más pequeñas de lo que le correspondía, con las raja del culo peluda al aire! ¡Qué vergüenza, Señor, qué vergüenza!  Y Mariano, mientras, más perdido que el alambre del pan Bimbo, sin atreverse siquiera a mirar para la sombrilla, porque sabía que su esposa lo llamaría enérgicamente.

¡Y qué asco de hombre! Todos los de la familia bañándose luego de llenar tres colchonetas, dos flotadores, cuatro barcas y una pelota de Nivea; y él dale que te pego a la comida. Venga a abrir fiambreras, venga a servirse cerveza. Y el calor apretando, y la gente hablando a voces, y el de los helados pregonando su mercancía, y la del servicio de playas repitiendo lo de la pleamar y la bajamar, y que había un niño perdido en el puesto de socorro, y que fuera los padres a recogerlo de una puñetera vez, que llevaba allí dos horas y media y que vaya coñazo de crío.

Mareos le entraron a la marquesa, vahídos de desmayo entre el ruido y el calor. La vista se le fue y los ojos le quedaron en blanco, porque cuando parecía que nada más podía ocurrir, allí estaba el gordo, inclinándose hacia un lado para, sin el menor recato, tirarse un cuesco descomunal.

“Aay, Mariano… Qué me da”, balbuceó antes de quedar inconsciente mientras Mariano, ajeno a todo, se fijaba desde la orilla en lo buena que estaba la morena del bañador rojo que se iba a meter en el agua.

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