Cuenta la leyenda urbana que hay alguno que fue al Real de González Hontoria sin un céntimo en la cartera y se volvió a su casa por la calle Córdoba ciego, con diez euros en el bolsillo y hasta con un perrito piloto bajo el brazo. Son los prestidigitadores de esta fiesta, los amigos del 'gañote vil' y del rebujito 'by the face'. Suelen tener un cocodrilo en su polo más falso que un billete de 5 euros con la cara de Urdangarín. No son jeques cataríes ni grandes terratenientes, pero su verborrea es directamente proporcional a su agilidad de manos para transportar catavinos y platos de queso. Viajan de caseta en caseta a la velocidad de la luz, revolotean como moscardones y no se meten la mano en el bolsillo ni en la estepa siberiana a 30 bajo cero. Unos son unos tiesos, otros unos caras y otros cuya economía, desgraciadamente, no da más de sí.
La Feria no quiere ni debe entender de recesión económica, aunque para algunas familias vaya a ser casi milagroso pisar este año, otro más, el albero. Hay quien desearía que la profecía Maya se cumpliera el 13 de mayo de 2013 para poder gastar lo poco que le quede en esta semana y vivirla por todo lo alto. Pero no, ya sabemos desde hace meses que esa tampoco será la forma de escapar de la maldita crisis. Habrá que contenerse. Habrá que ir a por papas asadas antes que por aquel plato de langostinos de antaño. Se acabaron las mariscadas y el Möet para todos. ¿O no? Uno se hace a la idea y no hay más vuelta de hoja. En la Feria como con la Lotería cuando no te toca, lo importante es tener salud. Mírala cara a cara que no hay ni un euro. Anda jaleo, jaleo. Y en la tercera, vamos al taconeo.
La Feria del Caballo es también la Feria de las vanidades y de la apariencia. Y nadie quiere perdérsela. Qué nos gusta aparentar. Llevamos cinco años de crisis y los periodistas, tan dados al titular facilón y a las etiquetas de andar por casa, hemos retitulado año tras año eso de 'Arranca la Feria de la Crisis'. Pero después la sangre nunca ha llegado al Guadalete. O eso nos pareció. Algunos han comprimido sus días, otros la han trabajado como siempre y otros han disfrutado hasta donde han podido. Y yo será que habré estado distraído o bajos los efectos del Tío Pepe (que aumenta aún más mi acusada miopía) que al final siempre he sentido que todo estaba hasta la bandera y que la lista de precios en las casetas rara vez baja unos euros. Marchando una tortilla congelada a cinco euros; otra de albóndigas con trazas de caballo a siete… Una jarra de Seven Up con extracto de vino fino a diez euros… Qué locura, que temeridad, ir morao, morao y a lo loco.
Y claro está, luego llega el mal nacido lunes de resaca, que maldita la hora en que se borró del calendario festivo, y el dolor de cabeza nos deja postrados en la cama, desorientados y con un profundo cargo de conciencia por lo bebido, lo comido, lo gastado y toda esa otra parte que ya es una enorme laguna mental en sí misma. Háganme caso, si el ibuprofeno y la automedicación no remedian todo eso, digan tres veces al día cada seis horas: que nos quiten lo 'bailao'. La Feria, en la manera en que cada uno sepa y pueda, es un maravilloso riesgo que hay correr una vez al año. Y luego que venga la 'troika' y arree.