Sí, amigos, ya nos han dejado claro en estos años de penurias, tijeretazos, navajazos por la espalda y puñaladas traperas que España toda en sí misma es un venenoso fondo de reptiles. Un pozo sin fondo de serpientes venenosas. Un lodazal en el que habita un enorme puñado de políticos constrictor que sólo buscan estrangular el cuello del contribuyente cual anaconda amazónica. En realidad todo esto viene de lejos, más lejos aún que cuando Julio cantaba lo de Soy un truhán, soy un señor, definición perfecta de esa dicotomía social tan española. Aun así, podemos seguir responsabilizando de todos nuestros males a la clase política, a los sátrapas que gobiernan nuestra tierra, y a esos demonios de los bancos. Alivia bastante y ayuda a sobrellevar la tensión del día a día. O también, casi más productivo, podríamos emprender un ejercicio sano de autoanálisis para ver qué hemos hecho mal para llegar hasta este páramo que es hoy esta España de vodevil, políticos sin ética política, y putas de Eurovergas. Como si fuese genético e inherente a nuestro modus vivendi, hemos prolongado hasta hace poco (y todavía hoy lo haríamos si pudiésemos) el típico tópico de la picaresca española vinculado en esta ocasión por una cultura del individualismo y del progreso materialista prácticamente ilimitado.
Poco o nada hemos cambiado desde el Lazarillo, Rinconete, Cortadillo y el Pablos de El buscón quevediano. Sin querer generalizar, seguimos siendo los mismos maestros de la coba, el fraude a pequeña escala y la triquiñuela que hace siglos. Truhanes con apariencia de señores. Hacienda somos todos pero, ¡ay!, si nos pudiésemos librar de cumplir con nuestras obligaciones cívicas una vez al año. Nos jode que enchufen a un montón de gente en las administraciones públicas, pero hasta hace poco ¡cuánto nos habría gustado que nos metiesen por la gatera! Nos da mucho coraje que los funcionarios cobren tanto (incluso pagas extra, qué dispendio) pero el indocumentado que decía ganar 3.000 euros como peón de albañil hace unos años sólo pensaba en qué modelo de coche (de gama alta, por supuesto) podía comprarse para superar el anterior e irse de crucero cada verano, independientemente de si era lógico acceder a esos privilegios sólo reservados para el más alto nivel. Ahora, por cierto, rajamos sin pudor y con vehemencia del PP, y nos cagamos si hace falta (como de si un Zapatero cualquiera se tratase) en los seres queridos de Rajoy, pero hace poco más de un año que se les dio con cada voto (con el mío no) una mayoría absoluta sin precedentes en la historia democrática reciente. Y todo en ese plan.
O somos unos cachondos, o somos presos de nuestras contradicciones más abrumadoras. De nuestro cinismo e hipocresía más absoluta que nos lleva a pregonar una cosa y hacer la contraria, a decir hoy blanco y mañana negro mecidos al son que marcan las modas, las ideologías (¡existen!) o las opiniones más generalizadas. No entendemos nada parecido a ese término medio en el que, aristotélicamente hablando, reside la virtud. Pero yo desde luego tengo clarísimo que, si la política hoy en día, como hace 500 años en la Florencia de Maquiavelo, es un profundo fondo de reptiles (algo que precisamente a cierto sector político por cierto le interesa difundir hasta la extenuación para tamizar su incompetencia al amparo del socorrido mal de muchos), no cabe duda de que algunos de nosotros nos mordemos la lengua y nos envenenamos. Porque, al fin y al cabo, en nuestra tradición siempre valoramos más al tío listo, al astuto que llega a la cima como un rayo aunque nos engañe y nos pise en su ascensión, que al que acumula méritos con el trabajo constante durante toda una vida de honestidad y dedicación. ¡Seremos víboras!
@PacoMugica