Me van a disculpar. Hoy, este Cuentometraje va dedicado a los míos. A los que aparecen en esta foto y a los que no. A los que se fueron, pero solo en el cuerpo. Jamás en la memoria. A los que están conmigo aún: mis hermanos y mis primos, a los que veo poco, pero a los que, bien lo sé, están ahí si se les necesita.
El patio que veis es el de la casa de la calle Valientes, en Jerez. Mi abuela materna, Lola, tiene en la seguridad del regazo a mi hermano Patricio (llorando como una Magdalena) y a mi prima Mari Carmen. Revolotean como zánganos alrededor de la abuela mis hermanos Francisco José y David, y mis primos, Marcos y Javier y Juan, por el que un servidor, me lo van a permitir, siente especial debilidad.
Pero, volviendo a la foto, uno se da cuenta de lo rápido que pasa el tiempo, de que esa imagen brindada al paso de los años no es más que un espejo feroz que refleja la velocidad de las manillas, lo efímero de nuestro paso. La abuela ya no está claro, y de los padres de esos críos solo queda la tía Mariana, madre de Juan, anciana, pero igual de formidable que su hijo. El resto son recuerdos en el alma o niños hechos ya hombres. Quizá por eso, al ver esta foto, he sentido ganas de abrazarlos a todos, porque no quiero que uno solo de ellos se pierda en la distancia y en el camino que nos lleva al final.
Qué bueno es, desde luego, querer tanto a los nuestros como los nuestros nos quisieron a nosotros. No olvidarlos. No perderlos, tenerlos atados al corazón y por siempre a la memoria.
Autor: Juan Manuel Sainz Peña (escritor)