Ahora resulta que los españoles también hemos vivido una hora por encima de nuestras posibilidades. Ahora resulta que el meridiano de Greenwich también pasa por la plaza del Arenal y que también en cuestiones de hábitos, usos y costumbres diarios tenemos que amoldarnos a Europa. Sí, también en Andalucía, tan mal acostumbrados como estamos a no salir a la calle para que nos dé una insolación a las cuatro de la tarde con 40 grados a la sombra en pleno mes de agosto. Total, esta crisis nos está obligando a adaptarnos a tantas cosas nuevas e imponiéndonos tantas otras que no conocíamos que ya parece que experimentamos cierto síndrome de Estocolmo por mor de la dura medicina de los recortes y los tijeretazos. Las grandes cabezas pensantes sabrán en qué nos beneficiará a corto y medio plazo que tanto tiempo después, y sobre todo tomando como base nuestra idiosincrasia, tengamos ahora que retrasar los relojes una hora para, por ejemplo, almorzar a mediodía o cenar a las siete de la tarde. Más difícil incluso va a ser obligar a la LFP a que no fije los partidos a las diez de la noche o que el Alcampo (francés, por cierto) cierre una hora antes de la medianoche.
Como sabe, durante la Segunda Guerra Mundial los países atravesados por el meridiano de Greenwich adaptaron sus horarios al huso centro alemán, aunque acabada la contienda todos salvo España volvieron a su hora menos anterior. Al parecer, o eso dicen, ahí está la madre del cordero de nuestra baja productividad y escasa competitividad. Por eso alemanes, ingleses, franceses y todo quisqui del Norte de Europa no veranean en nuestras costas para achicharrarse bajo un imponente sol que ellos ni huelen, se chupan los dedos con nuestra rica dieta mediterránea y alucinan, un poner, con un buen cante por bulerías. Por eso nunca hemos tenido ni tendremos grandes científicos, médicos, ingenieros, arquitectos, escritores, pensadores, deportistas… Por eso nunca hemos pintado nada en el mundo, ni exportamos nada, ni innovamos en nada. Todo por esa hora menos que, al parecer, tanto nos aleja de Europa y provoca que digan que somos unos patanes improductivos. En fin, tendremos también que tragar salivar en esto y digerir esos comentarios ofensivos e hirientes. Qué remedio. Ahora bien, que quede meridianamente claro: por lo que no estoy dispuesto a pasar bajo ningún concepto, y ahí sí soy euroescéptico a muerte, es por la creciente ola europeísta antisiesta. Eso sí que no. Lo digo en todos los idiomas: no, nein, non, inte, ikke… Qué NO joé. Que la siesta es sagrada por mucho que se empeñen en ridiculizarnos en el The Telegraph, el rotativo británico que esta misma semana se pitorreaba asegurando que aquí pasamos tres horas almorzando y casi otras tantas partiendo leña en la sobremesa. Y por eso así nos va, decían.
Si se documentaran un poquito o incluso probaran en sus carnes tan agradable experiencia, sabrían que la siesta, como el vino de Jerez, tiene propiedades saludables demostradas: reduce los infartos con la disminución de los riesgos cardiovasculares, reactiva la concentración y la capacidad de atención, libera tensiones, refuerza el estado de alerta, favorece el aprendizaje de los menores… Yo mismo, en los momentos previos a escribir esta columnilla que usted ahora disfruta, he gozado del pequeño gran placer de una reparadora siesta, y aquí me ven, dándole a la tecla con toda soltura y entusiasmo. Por eso tengo claro que, por mucho que quieran recortar, por mucha hora menos que nos atrasen, por mucho jet lag que tengamos, jamás renunciaré a la siesta, ya sea con el sonido de fondo del helicóptero del Tour de Francia, con el documental con la cópula del escarabajo de la harina, con el albañil que pica la pared del patio a las cuatro de la tarde o con la amable latina de Vodafone que te llama a esa misma hora para que te cambies de compañía de teléfono y tú te cagues en los muertos (metafóricamente hablando) del que inventó los husos horarios.