Hoy, después de más de tres años, sigue junto a mí. Joner mi chucho pulgoso, escuálido y viejo, apenas ve ya, pero sigue anclada en su mirada la lealtad con la que me ha seguido por las calles y plazas durante todos estos años.
Le conocí un frío día de invierno. Sentado en una plaza de Madrid, junto a otros hombres de la calle, empecé a comerme el bocadillo de chorizo y el zumo que Cruz Roja nos repartía cada noche. Me miraba con aquellos ojos entonces negros y vivaces y yo, mientras masticaba, le decía que no iba a poder darle nada, que estaba hambriento y que lo sentía. Joner no se inmutaba. Delante de mí, con la boca entreabierta me miraba ensimismado.
Vas listo, muchacho, si crees que vas a llevarte una sola miga. En cuanto acabe con el bocata desaparecerás de mi vista.
Pero no fue así. Cuando acabé Joner aulló lastimeramente y, despacio, se acercó a mí, se hizo un rosco a mis pies y pasó la noche conmigo. Cuando desperté lo tenía metido en mi saco de dormir, lamiéndome la cara.
De nada sirvió mi enfado, que duró bien poco. Joner me sigue desde entonces a todas partes. Pasa conmigo hambre y frío, y celebra cada comida moviendo su rabillo sucio y endeble. Mi mochila, el cielo y las estrellas eran mis pertenencias. Desde hace más de un año, Joner, sus ojos negros y su lealtad, son mi riqueza.