Recordaba azorado su primera y única cita con Clara.
Había quedado con la nueva secretaria de dirección; una chica que acababa de cumplir los 27 años, que dominaba tres idiomas, vestía en el trabajo con una elegancia abrumadora y tenía unos ojos azules como para bucear en ellos.
Jacinto Ureña, el director general, jamás había tenido la costumbre de ir a cenar con sus empleados, pero con Clara Rosales todas las reglas saltaron por los aires. No era para menos, la verdad sea dicha: la secretaria era poco menos que una diosa.
Ella aceptó con un leve ademán de cabeza, pero solo porque era su jefe, no porque a sus 47 años hubiese entrado de puntillas en los albores de la madurez. Era guapo, a qué negarlo.
Quiso impresionarla. La llevó a un restaurante de moda, caro, lujoso. Pero de esos que sirven platos muy grandes con muy poca comida y mucho adorno de salsas impronunciables. El vino, caro. Carísimo. Y los empleados tiesos como velas.
La noche transcurrió entre charlas triviales, chascarros y algún chiste malo, pero Jacinto creyó que la secretaria había caído en sus redes, y que tal vez (era hombre prudente) en la siguiente cita hubiese algo más que una cena.
Ahora, dos días después, acodado en la cervecería que había a dos pasos de su casa, recordaba con los carrillos encendidos y un nudo en la garganta a Clara. La había visto en la barra de una conocida cadena de hamburguesas, en vaqueros y zapatillas de deporte. Y la vio de casualidad, entre beso y beso con la chica que la acompañaba.