La guerra de Nochebuena

12/12/13 +Jerez Juan Manuel Sainz Peña

-No pienso compartir mesa y mantel con este personaje, rojo de los cojones.

-Pues yo tampoco, Horacio, pienso sentarme contigo. Facha.

En el comedor del asilo solo quedaba una mesa libre para la cena de Nochebuena, y no había forma de convencer a Horacio y José Luis para que se sentaran junto a las hermanas Hernández, dos ancianitas octogenarias y charlatanas.

El resto de los ancianos ya se habían sentado en su sitio. Casi todos sabían por qué discutían aquellos dos hombres, aunque no se les oyera, porque eran vehementes, pero discretos.

Fue Gertrudis, la enfermera más veterana, la que logró templar gaitas y los dos ancianos, aunque a regañadientes, se sentaron junto a las Hernández, pero sin dejar cuitas ni reproches, en tanto el árbol de Navidad brillaba en un rincón del comedor y la música de los villancicos parecía tratar de apaciguar los ánimos.

-Dos de mis hermanos cayeron fusilados por culpa de un sargento cabrón -lanzó José Luis mientras se servía una copa de vino puesta en la mesa para la ocasión.

-Mi parroquia ardió al tercer día de empezar la guerra. A mi tía Leocadia, monja del convento de la Luz, la mataron a golpes -dijo Horacio con la voz quebrada.

Sonaba “Noche de paz”, cantado por un coro de niños. En la calle nevaba y el escaso espumillón que adornaba la sala brillaba con un mohín de tristeza.

-Mi hijo pequeño murió en un bombardeo -José Luis bebió vino y dijo eso con un par de lágrimas asomando a sus mejillas.

-Mi esposa despareció. Se le llevaron junto a su hermana y… -Horacio lloraba.

Se hizo un silencio frío y afilado. El villancico de los peces de colores sonaba ridículo y a destiempo.

-No llore usted. -La voz de José Luis sonó sincera y templada.

Horacio alzó la cabeza y fue a soltar un reproche, pero eran los ojos del otro anciano  fiel reflejo de los suyos; líquidos y amargos.

-¿Querrá… querrá usted brindar conmigo, aunque solo sea por esta noche? -preguntó José Luis levantando tímidamente la copa.

-Por esta noche y por nuestros muertos -dijo el otro elevando la copa con su pulso tembloroso.

Sonaron más villancicos y brillaron las luces, pero aquellos dos hombres, sumidos en los recuerdos, ni siquiera parecían estar allí.

Autor: Juan Manuel Sainz Peña (escritor)

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