Es de madrugada. A esas horas solo algún coche rueda por el asfalto, aún templado por la calima del día. Las dos, agazapadas en la cocina, se ocultan del enemigo. Temen que de un momento a otro el gas letal entre en el escondite y termine con ellas.
Están hambrientas.
-¿Crees que es peligroso? -Una de ellas observa en la negrura un apetecible trozo de pan duro.
-Ya sabes cómo termina todo si nos sorprenden.
El silencio es absoluto. Solo el tic-tac del reloj del salón, con su murmullo de letanía rompe la calma.
-Yo estoy vieja, pero aún soy capaz de llegar hasta allí -murmura imaginándose el sabor del pan en su boca.
-Yo también soy capaz, pero tengo miedo.
Finalmente, la más vieja sale de la covacha, atraviesa la cocina, se mete bajo la mesa y come. La otra, animada por su compañera, corre, llega, come y se van las dos juntas. Luego vuelven a la ranura que hay bajo el mueble. Una luz se enciende en el pasillo y una cisterna rompe la quietud. Las dos cucarachas, a salvo, se ocultan hasta que la noche otra vez lo llene todo de sombras.