Las olivas están cosechadas y van camino de la
almazara para transformarse en nuestro oro verde. Una larga historia que se
repite todos los años. Es mucha la historia que pesa sobre sus espaldas. Nada
más y nada menos que seis mil años. Seis mil años, que desde que nos indican su
existencia en Medio Oriente los vestigios arqueológicos, han marcado la
historia, la cultura, la medicina, la alimentación y la economía de la cuenca
mediterránea. Los griegos lo
unen en su mitología a la mismísima fundación de Atenas. La lucha de Atenea con
Poseidón, para el control de la protección de la ciudad, que Zeus dirime en
base a las aportaciones que cada uno de estos dos dioses haga a la ciudad y que
termina por ganar Atenea tiene como protagonista y, por qué no decirlo, como
arma de su victoria al olivo. Zeus pidió que los contendientes aportaran el
regalo más útil para la ciudad. Naturalmente, Atenea se presentó con unas
ramitas de hojas verdes y plateadas, de frágil apariencia pero que pertenecían
a un árbol fuerte y cuyo fruto tenía miles de estupendos usos: era árbol capaz
de resistir largos, muy largos años, de producir frutos apetitosos y
comestibles, y de los que se podía extraer un líquido que sazonara la comida,
fuera medicinal y sirviera para alumbrar, alimentando las lámparas. La victoria
de Atenea fue patente. Aquel oro verde se impondría en el mundo griego, sería
exportado a Egipto y navegaría en sus naves y en las naves fenicias por toda la
cuenca mediterránea. Así vinimos a conocer nosotros el olivo, su fruto, y su
extraordinario aceite. Pero fueron los romanos, los que, sobre todo, en esta
rica Bética, extendieron el cultivo del olivar, en dimensiones tan importantes,
que desde aquí se comenzó a exportar el rico aceite andaluz a Roma, en ingentes
cantidades.
Los barcos repletos de ánforas de aceite de la
Bética, cruzaban el Mediterráneo hasta la capital del Imperio donde se usaba en
alimentación, en medicina, en cosmética y como alimentador de las lamparillas
que iluminarían la noche en las casas romanas. Tanta fueron las ánforas
llegadas a la capital que el actual monte Testaccio no es sino la acumulación
de ánforas descartadas llegadas de provincias como la Bética y que terminaron
formando –tal era la cantidad- esta colina artificial en Roma. En tierras
andaluzas, las bases de esa riqueza estaban puestas. Los árabes, algunos siglos
después, introdujeron nuevas variedades y extendieron su cultivo. Recuerda, en
pleno siglo XII, el andalusí Abu Zakariyya, que en Sevilla escribió su Libro de la Agricultura, los hermosos
olivares del Aljarafe. Y es que, desde entonces, en estas tierras usamos
palabras como aceite y aceituna. Aceite no es sino la palabra heredera de la
árabe “al-zait” que significa “jugo de la aceituna”. Y fuimos tan insanos e
ignorantes, cuando culturas como la judía o la musulmana fueron desterradas de
la península, que sustituimos el sano y nutritivo aceite por la manteca de
cerdo. Afortunadamente, las aguas siempre vuelven a su cauce y la recuperación
de nuestra extraordinaria dieta mediterránea, ha traído nuevamente a nuestra
cultura y a nuestra mesa, ese elemento esencial de nuestra alimentación, sano
donde los haya y de rico paladar. Hoy, España (el 80% están en Andalucía) es el
país que más olivos posee: unos 300 millones, que no es poco y que producen 1.200.000 toneladas de aceite de oliva. Andalucía produce el 82 % de esa riqueza. Una
riqueza milenaria que sigue llegando a diario hasta nuestra mesa. Y para los
andaluces, el aceite de oliva no es cuestión baladí.